domingo, 18 de marzo de 2012

¡Australia!






¡Hola amiguitos!

Han pasado cinco meses desde mi último post y desde que volví al mundo real, tan feo él, han pasado muchas cositas en mi vida, por lo que entre estar ocupado como nunca lo he estado y cierta vagancia que me caracteriza en invierno, no he posteado nada.

 Sin embargo, he pensado en más de una ocasión en seguir con este blog con el que tanto os he dado el coñazo, así que hoy, sin motivo aparente, me pondré de nuevo a ello.

 Habíamos dejado Japón, con aquel bonito video desde lo alto del Monte Fuji, para irnos volando al hemisferio sur hasta Australia, donde aterrizaría en Sídney

Deciros que el día que llegué, lo primero que hice fue comprobar si efectivamente el agua giraba en el sentido contrario. Yo soy así. Por supuesto, no rompí ningún mito y el agua efectivamente giraba en sentido contrario. A todo esto, si os pregunto sin que vayáis al grifo, ¿sabríais decirme en que sentido gira el agua aquí? Yo desde luego no, así que justo antes de subirme al avión fui al baño a comprobarlo. A día de hoy, como no, se me ha vuelto a olvidar, así que ahora si podéis levantaros e ir a mirar en vuestros baños.

Pero estoy perdiendo el hilo. El caso es que yo me iba a Sídney, en donde me encontraría con mi amiga Karen, con la que había estudiado unos años antes en Coruña. Si amigos, ya habñia quedado constancia en algunos posts anteriores de que vuestro querido Pablo tiene amigos por todo el mundo.

 Karen trabajaba en el hotel Marriot de Sídney, un hotel de perracas donde, como diría un amigo mío, tienen detector de pobres en la entrada, el cual me pitó en cuanto puse un pie allí para dejar el equipaje hasta que Karen saliese de su jornada.

Como tenía unas 6 horas antes de que saliese Karen, me fui a un punto de información que me encontré en medio de la calle como si de una aparición mariana se tratase. Ahí me dirigí, dispuesto a que me aconsejasen algo para ver en las próximas horas.

 Antes de leer mi dialogo con la mujer que se encontraba en el puesto de información, he de recordaros que venía de Japón, como el señor de la foto de aquí arriba que me dio mucha ternura. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que aparte del jet-lag, tenía el tema espiritual a tope e iba un poquito en una nube de amor, amabilidad y cierta indecisión, y que por otro lado, estaba acostumbrado en las últimas semanas a tratar con gente con una paciencia gargantuesca  y excesiva amabilidad con lo que el resultado fue este:

-Pablo: ¡Hola! Buenos días. Acabo de aterrizar en este país y quería ver algo interesante en la ciudad en las próximas 5 horas.
-Guia nada maja: ¿Y qué tenía en mente?
-Pablo: Pues no sé, cualquier cosa que se le pueda ocurrir, tengo tiempo y…
-Guía que merece ir al infierno: ¡Vamos a ver! ¡Nosotros no podemos pensar por usted! ¿Qué quiere ver? ¿Iglesias, museos, qué? (todo esto realizando gestos que daban a entender que no me consideraba especialmente espabilado=
-Pablo consternado: Pues… No sé… Mmmm, lo primero…
-Guía diabólica: ¿iglesias? Pues mire tiene una a medio kilómetro de aquí muy bonita. La iglesia de San Jorge, de principios de siglo. Aquí tiene un mapa, seguro que la encuentra.

 Me dieron ganas de decirle que cómo podía saber dónde quedaba una iglesia, siendo como era la hija de satanás, pero me contuve.

Así que simplemente me puse a caminar y no vi más que el Opera House, que la verdad, bastante es para ver.

En general Sidney he de deciros que me pareció una ciudad un poquito… sobrevalorada… Muchas pelas y mucho edificio grande, pero no me llevé la sensación de molonismo que esperaba encontrarme. Por suerte, un par de horitas más tarde, quedé con Karen y me enseño la ciudad como era debido, llevándome a ver el ayuntamiento (en la foto) algunos jardines y monumentos varios. Nada destacable, aparte de las ardillas gigantes australianas (también en la foto)

Pasé 5 días en Sídney, y me llegaron, la verdad. Salí un par de días a locales de diversos ambientes (ju, ju) y cumpliendo todos los topicazos de alguien que visita Australia: comer carne de canguro, comprar un koala de peluche, ver a los surfistas. Muy guiri todo.

Así que finalmente tomé un avión a mi próximo destino donde pasaría CINCO semanas haciendo un poco el pánfilo y aprendiendo inglés a la vez (algo muy complicado)  Estas actividades conjuntas las realizaría en Melbourne, por cierto.

 Pero eso, por supuestísimo, será la próxima vez.

 Disculpad que no haya mucha chicha, pero ni Sídney la tuvo, a mis ojos, ni estoy muy inspirado después de tanto tiempo sin postear nada. ¡Os compensaré la próxima vez!

¡Un DVD de la película “crepúsculo” gratis para todos los que posteéis! 


lunes, 3 de octubre de 2011

Sayonara!






Hola de nuevo, mis pequeños gorrioncillos.

Sé que me he extendido demasiado en Japón, pero son mucha las diferencias y cosas comentables que me he ido encontrando a lo largo del camino. En cualquier caso, termino con esta actualización mis andanzas por el país del sol naciente, y que mejor manera que contándoos precisamente, cómo nace el sol.
 Volviendo al sur desde Sapporo, y pasando por Fukushima (que parecía que estaba en perfecto estado y que seguramente me creo algún lunarcillo que otro) llegué a Tokyo por la mañana muy tempranito. Dejé como ya era costumbre mi mochilón en una consigna y me fui lo que más me apetecía ver en ese momento de Tokyo: el cruce de Shibuya.
Por si a alguien no le suena, fue el primer cruce en tener un paso de cebra en horizontal, vertical y diagonal a la vez, creando una marabunta de gente cada vez que los semáforos se ponen en verde. La gente seguía siendo muy amable, aunque se notaba el estrés de estar en una megalópolis. Tokyo es la ciudad con la mayor área metropolitana del mundo y se nota una vez se está allí y sobre todo, cuando uno usa el transporte público. Cada barrio es como una ciudad donde la arquitectura, la gente y hasta la comida cambian de una zona a otra. Sin embargo, antes de recorrérmelas todas, decidí usar mi último ticket de tren en Japón viajando al Monte Fuji, o como lo llaman los japoneses, el “Honorable Fuji”

El monte Fuji (Fujiyama en japonés) es la montaña más alta de Japón, con 3776 metros (58 metros más que el Teide;  lo siento, amigos de lo español) La temperatura media en la cima en verano es de cero grados. La gente iba preparada con roba de invierno, forros polares, botas de escalada (el camino no estaba asfaltado) galones de agua, barritas energéticas y mucha gente llevando botellas de oxígeno. Pues bien, vuestro amigo Pablo se plantó ahí con sus converse, una camisa muy mona y un suéter, unos vaqueros y la mochila llena de chocolatinas y doritos. ¡El equipo de los campeones! No pensaba llegar ni a la mitad, pero bueno, ahí me puse… ¡Y me puse tanto que al final llegué a la cima! No me preguntéis cómo porque no me lo explico, pero me puse a andar como un loco y hasta arriba llegué. Por el camino conocí a Ando, un japonés que me tuvo que repetir 4 veces su nombre (de ello que me acuerde ahora) y otros japoneses que me iban preguntado de dónde era y qué hacía. A todo esto, yo ya había aprendido algunas palabrillas de japonés y podía decir cosas del tipo “soy de España” “llevo tres semanas en Japón” etc... así que en mi salsa, me puse a hacer amiguitos, entre los que se encontraban personas disfrazadas por hacer la gracia. Mi favorito fue sin duda… ¡Pikachu! Os adjunto la foto para que lo podáis ver, a él y a mi camisa mona con la que escalé y aún así no fallecí de hipotermia.

 El amanecer por supuesto fue espectacular y mientras todos gritábamos conjuntamente un “ohayo gozaimasu!” (¡Buenos días!) salía el sol y todos como buenos japoneses¡, se ponían a sacar fotos.
 Lo malo fue bajar, porque si la subida fueron 7 horas, la bajada, después de dar una vuelta completa al cráter, fueron otras 5. El problema es que yo ya estaba exhausto de la subida y no tenía la motivación de llegar a ningún lado más que a cama. Para empeorar las cosas, como os podréis imaginar por las fotos, pocos retretes hay en las laderas del Monte Fuji, por lo que hubo una hora y media en la que casi me micciono encima, literalmente. Un japonés que por allí pasaba me dijo: “este monte es sagrado y una parte vital de nuestra historia para nosotros… Pero si no te aguantas, puedes orinar en una esquinita…” Me lo dijo como quien ofrece un riñón, pobre. Por supuesto aguanté como un campeón.

 Llegué a Tokyo nosecuantas horas más tarde, hecho un guiñapo. Lo primero que hice fue tirar el calzado, que se había semi-volatilizado entre las rocas y darme una merecida ducha.

 Con unas ojeras dignas de un mapache insomne, me dirigí a otra zona a la que le tenía ganas en Tokyo: Shinjuku. En mi opinión, Shinjuku es el corazón de Tokyo. Es lo que concebimos como Tokyo en sí y tiene retazo de todas las zonas: electrónica, chicas virginales que te ofrecen cafés vestidas de doncella, bares de ambiente, salas de videojuegos… De todo un poco. Os comentó que ya me quedé por allí los tres días que me quedaban. La primera noche dormí en un “manga kissa”, lugar sórdido y oscuro donde los haya, que principalmente son cibers con compartimentos individuales, diván incluído, en el que mucha gente se tira la noche haciendo lo que le plazca. En todos tienen una librería de miles de manga y otras atracciones, como comida ligera gratis para que te tires la vida allí. La segunda noche dormí en un hotemba, que ni os molestéis en googlearlo porque es argot callejero y no sé cómo se llamarán oficialmente. Principalmente es una mezcla entre hotel y sauna. Ahí lo dejo. Y mi tercera noche dormí, como no, en un hotel cápsula. He de deciros que son mucho más cómodas de lo que pensaba y no hay sensación de angustia en ningún momento. Os adjunto un brevísimo video para que os hagáis una idea.

 Podría hablar un poquito más de Japón, de otras persona peculiares que me he dejado en el tintero, o el teclado. De como dos adolescentes me hicieron un croquis en su cuaderno de Hello Kitty tras preguntarle una dirección.De las otras zonas de Tokyo que vi o de cosas riquísimas, de lugares a los que fui, o de otras curiosidades como las máquinas expendedoras o los puestos de la estaciones. Sin embargo creo que todo lo dicho es más que suficiente.
El último día me puse hasta la trancas comiendo porque tenía que gastar los yenes que me quedaban. Hecho un boliche humano, me metí como pude en el avión rumbo a mi siguiente destino, con el que iría al hemisferio sur por primera vez en mi vida: Sydney

 Aunque esto, por supuesto, será la próxima vez.

 Un beso a todos, ¡espero veros en breve!

miércoles, 21 de septiembre de 2011

De izquierda a derecha y de abajo a arriba.


¿Qué pasaría tras mi llegada a Kanazawa, a la 1 de la madrugada y donde no tenía nada reservado? Pues que evidentemente estaba en la calle y ahí me quedé hasta que amaneció. Di un paseo intentando encontrar un bar abierto y cuando creí que estaba salvado al avistar un karaoke un poco sórdido, me encontré que una vez dentro había cubículos un poco pequeñitos y demasiado íntimos y que las luces eran sospechosamente coloraditas. Yo por si acaso, no fuese a ser que pecase de desconfiado, pregunté a un camarero que estaba cerca de la entrada si podía tomar una cerveza, a lo que me miró como si hubiese visto a Alf y me dijo que no, que ahí para tomar cervezas como que no…

 Así que me alejé de la casa de afecto negociable japonesa y me puse a dar vueltas hasta que, cansado como estaba después de tan largo día, volví a la estación y me puse a descansar rodeado de una nube de indigentes japoneses. Por supuesto, un indigente japonés es como un indigente de alto standing y los bancos eran comodísimos.

 Una vez despojado del sueño (y de algo de dignidad) me desperté unas 4 o 5 horas después para ver el jardín de la ciudad, considerado uno de los tres jardines más bellos de Japón. El jardín era en efecto, muy bonito y aquí os dejo unas fotos para que lo podáis apreciar. Tiene cerezos de todo tipo, estanques, arbustos muy monos y pajarillos que revolotean por doquier. Creo que también estaba el árbol en el que se transformó David el gnomo. Pero vuestro amigo Pablo ya estaba un poquito saturado de jardines y lo que quería era tomarse una cervezuela y ver un poquito de ciudad, por lo que decidió irse al norte a ver que se encontraba. Y como Sapporo es una gran ciudad cervecera en lo más norte de Japón, ahí me dirigí.
 De camino a Sapporo decidí parar en Takayama, sólo por el hecho de que iba con la guía de mi amigo Daniel y tenía marcado en el mapa algo así como “lugar chachi” por lo que decidí pararme. En el pueblo (que más bien era una aldea) rústico como él solo, la mayoría de las casas eran de madera, como la de la foto y aunque estuve tentado de ver si alguna prendía sólo para ponerlo en facebook, no lo hice y me limité a sacar unas fotos y comprar algo de comida para el largo viaje que me esperaba. Fui a la estación de trenes y pedí un billete para Sapporo para ese día. Esto equivaldría a estar en Cadiz y decirle al vendedor de billetes de la estación: “¡Hola! ¡Deme el próximo ticket para Tarragona!” El señor aún así me hizo las conexiones pertinentes y me encontró una en la que tenía un trasbordo de un minuto y medio para coger el tren de enlace. Él vendedor de billetes aseguraba que el tren llegaría al segundo en puntualidad y os adelanto que así fue. Cosas de la red ferroviaria japonesa.

 Sapporo es la mayor ciudad de la isla más al norte de Japón, Hokkaido. Dicha isla va bastante a su bola y no tiene tanto del Japón tradicional al que estamos acostumbrados. Y tampoco de su clima: en Hokkaido las temperaturas pueden llegar a alcanzar los 40 grados bajo cero en invierno y es relativamente común el ataque de osos en las montañas.  En Tokyo como mucho te ataca un gato, que seguramente sea Doraemon y te de algo bueno.

 Cuando yo llegué no hacía -40 grados, pero si hacía bastante rasca aún así, sobre todo teniendo en cuenta que llevaba un mes muriéndome de calor allá a donde iba y que cuando abandoné Takayama estábamos a 34 grados.

En Sapporo, algunas de las cosas más famosas son: el reloj del ayuntamiento, la lonja de pescado, el museo de los “ainu” (los aborígenes de la isla)  o la torre de televisión (en la foto) Pero lo de verdad, de verdad famoso de Sapporo es sin duda, la cerveza. Sapporo produce una cerveza (que por supuesto trajeron los alemanes) que llevan produciendo desde hace la tira de años por ellos mismos. Así que me propuse realizar una inmersión cultural e irme a tomar unas cervezas mientras degustaba uno de los platos típicos de Sapporo, el Jingisukan (Gengis Khan) consistente en una parrilla ovalada sobre la que ir poniendo los alimentos que se van pidiendo, principalmente carne y verduras, lo cual no es nada, nada típico en el resto de Japón. Os dejo un video bastante aclarativo.
   
Habiéndome puesto hasta las trancas de cerveza y carne, me fui feliz como una perdiz a bajar la comida, ya de noche aun siendo las 18h, lo que remarcaba que de verdad estaba muy al norte (tardé unas 8 horas en Shinkansen)

 Visité, incitado por mi amigo Morente, el museo Ainu de la ciudad, que se encontraba en un séptimo piso y que parecía que nadie visitaba. Lo digo más que nada porque había varias pantallas informativas que encendieron al entrar yo y porque la que cortaba el bacalao en el museo vino a hablar conmigo en persona a indagar quién era yo y qué era lo que hacía. Como debí ser el primer español que pisaba aquel museo y le caí en gracia, me enseñó a tocar un instrumento ainu muy rudimentario y mono llamado “mukkuri” que aún conservo. No es que suene muy bien, pero claro, si viene de Japón, donde todo parece más maravilloso, de repente a uno le suena a arpa celestial.

  Dispuesto a abandonar Sapporo con el listón bien alto y contento de haber ido, pensé que ya nada más podría ofrecerme la ciudad. Sin embargo estaba equivocadísimo: volviendo a la estación me encontré al héroe de mi infancia en medio de la calle, en Japón. Allí, repartiendo fliers se encontraba… ¡¡Son Goku!!  Sí amigos, era el auténtico Son Goku. Lo reconocí porque llevaba la bola de cuatro estrellas de su abuelo en la mano y claro, eso era una prueba irrefutable. Os adjunto una foto para que podáis verlo con vuestros propios ojos y me digáis que os parece este nuevo peinado afro-superguerrero que se ha dejado.

 Y así, terminé mis andanzas de arriba a abajo de Japón y me dirigí a la que sería mi última parada antes de abandonar el país: ¡TOKYO!

Pero como bien os oléis, esto amiguitos, será la próxima vez.

 ¡Un abrazo y escribid algo, por caridá!

domingo, 18 de septiembre de 2011

El Japón rural.









¡Hola niños, jóvenes y mayores! Os escribo este post pequeñito para que no se os haga larga la espera. Han llegado a mis oídos casos de gente que no puede dormir esperando a mis actualizaciones y eso no puede ser. No, no.

 Así que os contaré como empecé en el mundo rural japonés, en la costa noroeste de Japón, donde todo lo que  hay son pueblos y más pueblos. Matsue por ejemplo, es uno de ellos y la verdad es que no tiene nada representativo, aparte de un castillito, un puente muy grande y unas tapas de alcantarilla muy bonitas (si, en Japón decoran hasta las tapas de alcantarilla. Imaginaos que amor al detalle deben de tener) Era la gente lo que hacía que me diese cuenta que no estaba en una ciudad principal. Si en ciudades de más de un millón de habitantes como Osaka, la gente se sorprendía de que fuese español, en Matsue directamente entraban en un estado de shock y empezaban a convulsionar como si estuviesen viendo un ataque de Pikachu por televisión. Me levanté temprano e hice el check-out, que básicamente fue dejar la llave en un cajetín, ya no había nadie en el hotel cuando me fui (¡viva la seguridad en Japón!)

 Me eché un paseo por la ciudad, hasta que un japonés me abordó y me preguntó que a dónde quería ir, así que le dije que iba al castillo. El señor en cuestión, que debía tener unos 70 años, consideró que el castillo estaba muy lejos (estaba a unos 20 minutos andando, pero claro, para el señor sería como un peregrinaje) por lo que me recomendó coger el bus que pasaba por allí en ese momento. Como no quería mandar al señor a freír sushis, por miedo a infartarle y tardar aún más, me subí al bus. No sé si fue porque me explicó en qué parada me tenía que bajar en un limitado inglés o porque tampoco le estaba haciendo mucho caso, que terminé saliendo de la ciudad, por lo que me empezó a dar en la nariz que me había pasado del castillo que estaba en el centro del pueblo.  Me bajé del bus (que además en Japón se paga al salir, pagando según las paradas que hayas recorrido) e indicándome por la orientación de las estrellas o por inspiración del espíritu Santo, conseguí de algún modo llegar a una estación de buses que me llevase a algún lado. Decidí ir directamente a Izumo, que estaba en mi lista, donde había un templo importante, con una llamativa cuerda hecha de pequeñas hebras (la que veis en la foto, bajo el tejado. Supuestamente servía para alejar malos espíritus) Como me sentía impuro ese día, recé un poquito en el templo. En los templos japoneses, al rezar, se ha de realizar dos reverencias, echar una moneda en un cubículo destinado a ello, dar dos palmadas, volver a inclinarse, no vaya a ser que uno no haya reverenciado bastante y rezar. En Izumo, sin embargo, se han de dar cuatro palmadas para llamar la atención del espíritu protector.

 Protegido como estaba, me fui a dar una vuelta por las premisas del templo, al cual no se podía acceder porque unos jovenzuelos estaban encerándolo en ese momento con los ropajes que veis en la foto. No podían hacerlo en chándal, no.

 Entre las hebras que conformaban la cuerda de la entrada del templo, encontré montones de monedas al alcance de mi mano. Como estaba a principios de mes, no cogí ninguna. Me fijé en que mucha gente lanzaba monedas contra la cuerda y según una señora de allí me explicó que si se quedaba enganchada, el espíritu me protegería (¿¿más??) Como a mí las chorradas me van a tope, me puse a lanzar una monedita hasta que se quedó enganchada. Hiperprotegido contra cualquier peligro y adversidad volví a Mastue, donde por fin vi el castillo, el puente y demás, y me dirigí antes de que terminase el día a Kanazawa, a dónde llegaría a la 1am sin tener nada reservado. ¿Qué pasaría? Lo sabremos la próxima vez.

Abrazos, besos y lametones.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Hiroshima.












   ¡Hola, potenciales comentadores de mi blog! ¡Aquí estoy una semana más contándoos mis alocadas e hilarantes aventuras a lo largo, ancho y alto del mundo!

    Me había despedido cogiendo el tren en mitad de la madrugada desde Fukuoka, un poquito alegre por el alcohol de la barra libre de esa misma noche, que afortunadamente me iría bajando durante en el viaje de unas 2 horas en tren a Hiroshima, a donde quería ir especialmente ese día ya que se celebraba un evento conmemorado a nivel mundial: el aniversario del lanzamiento de bomba atómica en Hiroshima.

  Os adelanto desde ya que sin duda fue uno de los días de mi vida. Al llegar, sobre las 8am, podía notarse que toda la ciudad estaba paralizada por el evento y miles de personas salían de los distintos trenes provenientes de otras ciudades para asistir a la ceremonia, que se realizaba en el “Parque en Memoria a la Paz”, donde se alza el cenotafio ( el arquito que veis
en la foto) en memoria de todos aquellos que fallecieron a causa de la bomba. Al llegar a la plaza, donde se encuentra la famosa “cúpula de la bomba” (el edificio de la foto principal, que milagrosamente fue de los pocos que quedó en pie a pesar de encontrarse a escasos metros de la explosión), contemplé como toda la plaza (y es bien grande) vi que estaba repleta de gente, con sillas y humidificadores bien distribuidos y organizados, como cabe de esperar de Japón, mientras diversos mandatarios mundiales expresaban sus opiniones en contra del armamento nuclear y recordaban la gran pérdida que Hiroshima sufrió en 1945. El evento este año tuvo incluso más importancia tras lo sucedido en las centrales nucleares de la región de Fukushima. Tras la ceremonia, que duró un par de horas y que a su vez se televisaba a través de cientos de pequeñas pantallas colgadas de árboles y postes alrededor de la plaza  me intenté acercar al cenotafio y se ve que, en ese mismo instante, miles de japoneses tuvieron la misma idea, porque la cola fue de media hora por lo menos, bajo un pletórico sol que ese día decidió subir hasta los 35 grados. En un momento dado me di la vuelta y saqué una foto, para que os hagáis una idea de la marabunta de japoneses que me seguían.

  Antes de llegar, unas chicas se acercaron a mí y al ver que no tenía nada que dejar a los pies del cenotafio, me dieron una rosa para que la dejase allí. Había mucha gente como voluntaria y varios puestos a los que me acerqué porque vi que en uno de ellos daban vasos de agua (gratis) por lo que arramblé con todo japonés que se pusiese por delante hasta llegar a los distintos tenderetes de lo gratis que rodeaban la plaza en busca del líquido primordial y un poco de información.  En los diversos puestecitos, había actividades para niños, para mayores, información de todo tipo y varios con papeles de colores que servían para crear grullas de papel. Las grullas de papel son un símbolo de paz y se supone que a aquel que logre hacer 1.000 de las dichosas grullitas, se le concederá un deseo. Yo he de decir que hice dos con bastante esfuerzo y porque tenía un japonés que me decía lo que tenía que hacer en todo momento. Con las grullas de todo el mundo se formaban cadenas de grullas de vistosos colores que se iban dejando por la ciudad adelante. Muy rollo Art Attack.
   Mientras andaba pululando entre puestos, se me acercó una camada de niños de unos 10-11 años y en un inglés muy básico me dijo uno de ellos que eran del colegio “Nagatsuka” (pues eso, un colegio) y que ese día tenían que intentar que todos los turistas recordasen ese día y todo lo sucedido. Para hacerlo aún más mono, me entregó una paloma de la paz de
papel pintada por ellos (la de la foto) que aún guardo. Quiero recordar que todo esto, estando allí, se vivía como un gran conjunto de gente dando un mensaje de paz y que en todo momento el ambiente era de cierta alegría. Al lado de la plaza se encuentra el Museo de la Memoria, en el que ese día se encontraban testimonios vivientes de la gente que estaba en los alrededores de Hiroshima cuando la bomba estalló y lo vio con sus propios ojos. Todos tenían en torno a 80 años (80 años japoneses, que son bastante vitales) y tenían un inglés muy limitado pero bastante entrañable. Todos pedían mil disculpas por su pobre inglés y hablaban muy despacito, perdiéndose entre los papeles que tenían para organizar su discurso. Nos contaron cómo sobrevivieron a la bomba, cómo lo que más recordaban todos era una lluvia negra tras la bomba, a causa de las cenizas de todo lo volatilizado y como veían a la gente en la ciudad a la que, literalmente, la piel se le caía a tiras. Me siento afortunado de haberles podido escuchar, sobre todo teniendo en cuenta que quizá en unos pocos años no quedé nadie para contar algo así.

  Salí del recinto de la ceremonia y decidí pasear un poco por la ciudad. Lejos de parecer una ciudad depresiva y totalmente centrada en la tragedia, Hiroshima era una ciudad con un aire muy positivo y que se reconstruyó en pocos años dando lugar a una ciudad moderna y bastante bonita, he de decir. Como decían ellos “nos dijeron que tras la bomba, ninguna planta volvería a crecer en Hiroshima y sin embargo, con nuestro esfuerzo, hoy es una bonita ciudad llena de árboles” 

   Mientras iba andando por una de las zonas comerciales, me encontré a Hans y Jürgen, los chicos suecos de Kyoto (!), con quienes paseé un rato mientras intercambiábamos planes. El mío era irme por la tarde al mundo rural japonés y empezar a perderme por pueblos pequeñitos. Los primeros serían Matsue e Izumo, en la costa Norte del país, bastante menos transitada.

 A escasas horas de irme, después de comer, pasé por enfrente de una tienda muy curiosa entre coffee-house holandés y tienda de antigüedades. Mientras echaba un ojete a la mercancía, se me acercó un japonés muy curioso (con pelo largo y piercings, algo que no había visto hasta el momento) y con pinta de simpático que me hizo las típicas preguntas de procedencia y opiniones sobre Japón, en un inglés muy, muy limitado.
Le debí caer en gracia, porque me dijo que él era de Hiroshima y que para él era muy importante que los extranjeros que iban a Hiroshima recordasen lo que habían visto y difundiesen el mensaje antibélico de la ceremonia, por lo que me preguntó si no me apetecería por un casual y de modo gratuíto, tatuarme una de las grullas de papel simbólicas de Hiroshima. Yo nunca antes me había hecho un tatoo, pero a poco que conozcáis mi afán a la tontería, sabréis qué respondí.

  Me subió a su taller, donde un amiguete suyo hizo en trabajo. Tuve que pensar el color y dónde lo quería en un minuto o así, y lo que quedó fue lo que veis en la foto. Semanas después, me alegro de haberlo hecho. A todo esto, mi tren ya había salido y tendría que coger un billete nuevo (siempre gratis, por el JR Pass del que os he hablado) y decidí volver un rato de nuevo a la zona de la ceremonia a ver que se cocía.

   Alrededor de las 6 empezaba a anochecer, y me encontré que cientos de personas dejaban farolillos de papel con mensajes de recuerdo a los fallecidos. En conjunto se veía un río lleno de farolillos de colores iluminados muy impresionante. Mucha gente rezaba a las orillas del río y se daría por concluida la ceremonia unas horas después, aunque varios de los eventos durarían dos o tres días más. Sin embargo no sé si os habíais parado a pensar en ello, pero yo no había dormido nada en ningún momento y tenía un poquito de resaca, por lo que decidí que ya había sido suficiente y me dirigí a mi querido Shinkansen, que me llevaría a lugares recónditos de Japón, comenzando por Matsue, a donde llegaría esa misma noche y me iría a dormir de cabeza en el primer hostal barato que encontré para al día siguiente perderme por el Japón rural. Pero eso, por supuesto, será la próxima vez.

 Un abrazo y muchos besos.