¡Y llegamos al fin de Kyoto! ¡Oooh!
Tras haber dejado durmiendo a mi bicicleta, quedé con Alex (el rubio inglés) esa noche para tomarnos unas cañejas, con la excusa de reembolsarle el dinero que me había prestado para pagarle a la Vendedora Hiperamable (ver post anterior) Sin tener ni idea de donde se cortaba el bacalao en Kyoto, preguntamos a un portero de un local bastante turbio, que resultó ser simpático y captó que lo queríamos era alcohol al mejor precio, por lo que nos redireccionó a un bar situado en un octavo piso (muy habitual) en el que las copas valían unos míseros 300 yenes (2 euros y medio) eso sí, con menos alcohol que las tartas al whisky, pero alcohol a fin de cuentas.
Al rato llegaron un grupo de japoneses y otro en el que había una holandesa (llamemosle Gretel) y un suizo (Milkybar) que se juntaron a nuestro grupo. Estuvimos un par de horas hasta que me fui alegre para mi hostal (que por suerte estaba cerca) ya que al día siguiente quería madrugar para aprovechar mi último día en Kyoto.
A decir verdad, a estas alturas estaba un poquito (sólo un poquito) saturado de templos y decidí aventurarme por alguna de las laderas que rodean Kyoto así, a la aventura y en bici. Bueno, llevaba un mapa, pero tampoco lo miraba mucho… Pedaleando durante horas (de verdad, horas. Dad gracias de que la cámara no tenga odorama, porque sude como un pollino) llegué a un río cerca de una zona montañosa que se llamaba Arashiyama. Todo lo que acaba en “yama” en japonés se refiere a una montaña. Así, “Fujiyama” no es el nombre de la montaña, sino solo “Fuji” A los pies del monte Arashi se encontraba un río vadeable que
Más tarde vi en el mapa que había un lugar interesante cerca de donde estaba y sin saber muy bien que era, me seque los pies con la hierba (hacía MUCHO calor, así que en nada estaban secos) y pedaleando de nuevo, me plante en el bosque de bambú de Arashiyama. Una maravilla para los ojitos como podréis comprobar, además de que tenía un aire limpito, limpito, de anuncio de suavizante.
Impresiona bastante cuando uno está entre tanto bambú. Por cierto que yo pensaba que el bambú era amarillo, pero se ve que es sólo aquel que ya está muerto. Y vuelta a pedalear. Quiero recordaros que en todo momento estaba EN Kyoto. Es decir, que no me había ido a ningún pueblo cercano y desde ahí me había puesto a andar en bici. Estaba en todo momento a 15 minutos del centro de Kyoto en bici, por lo que comprenderéis que me parezca que la ciudad realmente lo tiene todo como ya he comentado…
Así pues seguí bordeando la ciudad y me encontré con un curioso anuncio que rezaba algo tipo “la montaña de los monos” ¿He comentado ya cuanto me gusta hacer el tonto? Compré un ticket (los tickets en general, para templos y eventos similares en Kyoto rondan los 400 yenes cada uno, unos 3,75 euros) y empecé a subir colina como si no hubiese mañana (esto ya a pie) Resulta que los monos vivían en la cumbre y tardé un ratito. Por el camino dejé a un par de familias desgañitándose y al llegar arriba me encontré con un montón de monos campando a sus anchas. Había una cabaña en la que se les podía dar de comer (y lo
Más curioso aún fue qu eme encontré allí mismo con Alex, el chico inglés y con Hans y Jürgen(os acordáis de ellos) por lo que nos sacamos unas fotitos y nos contamos nuestros planes de viaje.
El mío consistía en empezar a moverme en tren a lo largo y ancho de Japón durante los próximos 8 días, cargando mi mochilón allí a donde fuese que fuere y ahorrando lo máximo posible en trenes ya que mi presupuesto estaba muy ajustadito. No sé si os he comentado que al terminar este viaje comenzaré un máster y ya lo estoy pagando en incómodos plazos, por lo que me sobraban los yenes. Por suerte, los viajes en tren serían “gratis” ya que había comprado previamente un “Japan Railway Pass” en España. ¿Qué es un JR pass, os preguntaréis? Es la versión japonesa de nuestro interrail, aunque sólo las personas extranjeras (no-japonesas) pueden comprarlo, y siempre en el extranjero. Yo, que soy muy desorganizado pero cuando he de hacerlo, me aplico, lo había comprado para una duración de una semana. El precio(que he visto que muchos me preguntáis por el precio de las cosas) es de 28.000 yenes por una semana (a más semanas, mejor precio, claro) Unos 240 euros. Pensaréis que es un pastón, pero sólo el Shinkansen entre Tokyo y Osaka (unas dos horas) vale la friolera de… ¡110 euros! Lo amorticé pero bien. A partir de ahora empezaré a contaros mis travesías por Japón de un modo un poco más movidito.
Así que, después de despedirme de mis amiguitos los monos y los humanos, volví a tiempo para devolver mi bicicleta y coger el tren rumbo a… ¡Hiroshima!
Pero eso, como bien os oléis, será en el próximo post.
Si sois buenos y me posteáis mucho, ¡subiré un video en la próxima actualización!
