miércoles, 31 de agosto de 2011

Kyoto....Final Round...Fight!


¡Y llegamos al fin de Kyoto! ¡Oooh!

 Tras haber dejado durmiendo a mi bicicleta, quedé con Alex (el rubio inglés) esa noche para tomarnos unas cañejas, con la excusa de reembolsarle el dinero que me había prestado para pagarle a la Vendedora Hiperamable (ver post anterior) Sin tener ni idea de donde se cortaba el bacalao en Kyoto, preguntamos a un portero de un local bastante turbio, que resultó ser simpático y captó que lo queríamos era alcohol al mejor precio, por lo que nos redireccionó a un bar situado en un octavo piso (muy habitual) en el que las copas valían unos míseros 300 yenes (2 euros y medio) eso sí, con menos alcohol que las tartas al whisky, pero alcohol a fin de cuentas.

 Al rato llegaron un grupo de japoneses y otro en el que había una holandesa (llamemosle Gretel) y un suizo (Milkybar) que se juntaron a nuestro grupo. Estuvimos un par de horas hasta que me fui alegre para mi hostal (que por suerte estaba cerca) ya que al día siguiente quería madrugar para aprovechar mi último día en Kyoto.

Me levanté sobre las  9 (eso es tempranísimo para mi, amigos) y fui a buscar a mi querida bici, con la que me dirigiría, como no, a un templo. En esta ocasión sería el Kinkaku-ji, también llamado el “templo dorado” El porqué queda claro en la foto. Los jardines, como buenos jardines japoneses, estaban cuidadísimos y el templo casi parecía que brillase (está cubierto de pan de oro) Me encontré casualmente con Milkybar, el suizo de la noche pasada, y paseé un poco por la zona con él hasta que decidí salir de nuevo.

 A decir verdad, a estas alturas estaba un poquito (sólo un poquito) saturado de templos y decidí aventurarme por alguna de las laderas que rodean Kyoto así, a la aventura y en bici. Bueno, llevaba un mapa, pero tampoco lo miraba mucho… Pedaleando durante horas (de verdad, horas. Dad gracias de que la cámara no tenga odorama, porque sude como un pollino) llegué a un río cerca de una zona montañosa que se llamaba Arashiyama. Todo lo que acaba en “yama” en japonés se refiere a una montaña. Así, “Fujiyama” no es el nombre de la montaña, sino solo “Fuji” A los pies del monte Arashi se encontraba un río vadeable que
por algún motivo la gente cruzaba a pie en lugar de usar un práctico puente que había cerca. Como a mi hacer el tonto me encanta, pues nada, ahí se metió vuestro amigo Pablo a mojarse los pies. El río era muy bonito en conjunto y aquí os dejo una foto para que os deleitéis, que me sacó un amable japonés sin que yo siquiera se lo pidiese.

                         

 Más tarde vi en el mapa que había un lugar interesante cerca de donde estaba y sin saber muy bien que era, me seque los pies con la hierba (hacía MUCHO calor, así que en nada estaban secos) y pedaleando de nuevo, me plante en el bosque de bambú de Arashiyama. Una maravilla para los ojitos como podréis comprobar, además de que tenía un aire limpito, limpito, de anuncio de suavizante.
Impresiona bastante cuando uno está entre tanto bambú. Por cierto que yo pensaba que el bambú era amarillo, pero se ve que es sólo aquel que ya está muerto.

Y vuelta a pedalear. Quiero recordaros que en todo momento estaba EN Kyoto. Es decir, que no me había ido a ningún pueblo cercano y desde ahí me había puesto a andar en bici. Estaba en todo momento a 15 minutos del centro de Kyoto en bici, por lo que comprenderéis que me parezca que la ciudad realmente lo tiene todo como ya he comentado…

Así pues seguí bordeando la ciudad y me encontré con un curioso anuncio que rezaba algo tipo “la montaña de los monos” ¿He comentado ya cuanto me gusta hacer el tonto? Compré un ticket (los tickets en general, para templos y eventos similares en Kyoto rondan los 400 yenes cada uno, unos 3,75 euros) y empecé a subir colina como si no hubiese mañana (esto ya a pie) Resulta que los monos vivían en la cumbre y tardé un ratito.
Por el camino dejé a un par de familias desgañitándose y al llegar arriba me encontré con un montón de monos campando a sus anchas. Había una cabaña en la que se les podía dar de comer (y lo comían todo) y una bonita vista de Kyoto desde arriba (que os adjunto en la foto de abajo, a modo de despedida de Kyoto). Mientras estaba allí, me encontré con un grupo de catalanes que hablaban español entre ellos. En cuanto le dije algo a uno en español, empezaron a hablar catalán entre ellos como si llevasen haciéndolo todo el rato. Curioso…

 Más curioso aún fue qu eme encontré allí mismo con Alex, el chico inglés y con Hans y Jürgen(os acordáis de ellos) por lo que nos sacamos unas fotitos y nos contamos nuestros planes de viaje.

 El mío consistía en empezar a moverme en tren a lo largo y ancho de Japón durante los próximos 8 días, cargando mi mochilón allí a donde fuese que fuere y ahorrando lo máximo posible en trenes ya que mi presupuesto estaba muy ajustadito. No sé si os he comentado que al terminar este viaje comenzaré un máster y ya lo estoy pagando en incómodos plazos, por lo que me sobraban los yenes. Por suerte, los viajes en tren serían “gratis” ya que había comprado previamente un “Japan Railway Pass” en España. ¿Qué es un JR pass, os preguntaréis? Es la versión japonesa de nuestro interrail, aunque sólo las personas extranjeras (no-japonesas) pueden comprarlo, y siempre en el extranjero. Yo, que soy muy desorganizado pero cuando he de hacerlo, me aplico, lo había comprado para una duración de una semana. El precio(que he visto que muchos me preguntáis por el precio de las cosas) es de 28.000 yenes por una semana (a más semanas, mejor precio, claro) Unos 240 euros. Pensaréis que es un pastón, pero sólo el Shinkansen entre Tokyo y Osaka (unas dos horas) vale la friolera de… ¡110 euros! Lo amorticé pero bien. A partir de ahora empezaré a contaros mis travesías por Japón de un modo un poco más movidito.


                                    


 Así que, después de despedirme de mis amiguitos los monos y los humanos, volví a tiempo para devolver mi bicicleta y coger el tren rumbo a… ¡Hiroshima!

Pero eso, como bien os oléis, será en el próximo post.

 Si sois buenos y me posteáis mucho, ¡subiré un video en la próxima actualización!

miércoles, 24 de agosto de 2011

Kyoto... Round 2...Fight!







Bueno, antes de nada quiero que sepáis que Kyoto es la ciudad más molona del orbe. Al menos eso era lo que sentía cuando estaba allí.

 Aun siendo una de esas ciudades con neones, tecnología punta en cada esquina y miríadas de personitas, es muy fácil escapar del centro y estar en pocos minutos en algún bosque gigante o templo perdido en el que uno se puede relajar y respirar aire puro. No hablo de coger el coche e irse a la sierra, sino de ir andando o montarse en bici como hice yo (os había comentado en mi anterior post que alquilé una para los dos días restantes)  y plantarse allí en unos 10 minutos.

 Comencé a pedalear sin rumbo fijo, pero ya se encargó el tiempo de orientarme cuando al cuarto de hora se puso a llover. Saqué el mapa y busqué el punto turístico más cercano, que sería el Museo Japonés del Manga. La palabra “manga” como casi todos sabréis se refiere a lo que sería el tebeo japonés. A mí en particular me gusta mucho y desde que era pequeño es lo que más veo en cuanto a animación se refiere. Aunque el museo fue un poco decepcionante, ya que todo (comprensiblemente) estaba en japonés y sólo había unos pocos mangas traducidos en otros idiomas, por lo que no pude disfrutarlo al 100% y no hubo mucha diferencia con lo que habría disfrutado si hubiese ido a una librería de manga grande, me encontré allí con dos chicos suecos con los que había desayunado esa mañana en el hostal. Como no recuerdo sus nombres, llamémosles Hans y Jürgen (aparecerán de nuevo) Estuve una media hora intercambiando opiniones sobre Japón con Hans y Jürgen hasta que escampó y decidí salir para dar otro paseo carente de rumbo, pasando por la zona de compras y restaurantes del centro, donde entre otras cosas vi un restaurante que ofertaba “paella with lots of seafood” (paella con un montón de marisco) y varias chicas vestidas de lolita japonesa (adjunto foto)  que nunca me dejaron de llamar la atención. Las hay de varios tipos: de aspecto virginal como la que veis aquí; gótica, a la que parece que la muerte le ronda; y mi favorita, la lolita marciana, que denomino así por tener los ojos de un tamaño anormal para una persona de este planeta, ya que en Japón existe la moda de operarse los ojos para hacerlos más redondeados y europeos. El resultado es que no parece ni europeo, ni japonés, ni terrícola. Nosotros ponemos labios de negra en bocas blancas, así que tampoco podemos hablar.

 Eso sí, aunque algunas fuesen vestidas de un modo “normal”, las chicas iban bastante maquilladas y en general todas llevaban una pequeña geisha dentro de ellas que hacía que se maquillasen como si viviesen en un buffet libre de cosméticos.

 Seguí pedaleando, ahora camino a un templo muy bonito que en la ladera de una colina (Kyoto está rodeada por pequeñas montañas) con su kit de jardín-templo-estanque como bien procede en estos lares.

Por una de las laderas cercanas al templo, vi un cementerio que pareció grande desde lejos. Me acerqué en un plis (recordemos que iba en bici) y efectivamente, era gigante. Las tumbas, como en las películas de terror japonés, son como los mojones de carretera (se llaman así, guarros) e impresionan bastante en conjunto.

  Más adelante me encontré una ristra de templos seguidos, y entré en el que me resultó más bonito de todos. La entrada al mismo tenía lo que se denomina un suelo “ruiseñor” que consiste en una serie de pequeños sonajeros bajo la madera sobre la que uno anda, que delataban a los supuestos asaltantes del antiguo Japón. Una versión antigua de las alarmas de hogar actuales que me encontré en algunos templos que más adelante visité.

 Cansado como estaba de darle a la bici, me fui a un restaurante al que le tenía echado el ojo en el que comí de maravilla. No puedo transmitiros el sabor, pero creo que la pintaza habla por sí sola. El té está siempre incluido en los restaurantes japoneses (el té caliente) y el arroz suele ser ilimitado.

 Con la barrigola bien llena, me fui al último templo del día, que sería el último a la fuerza ya que cuando llegué a las 16h, estaba cerrando. La mayoría de las atracciones turísticas en Japón cierran entre las 16h y las 17h y hay que madrugar bastante si uno quiere ver varias cosas en un día (lo que no era mi caso) Así pues, vuelta a andar en bici rondando a ver si aparecía algo interesante. Apareció en forma de un simpático inglés de 24 años (Alex, también volverá a aparecer) que también iba en bici y que igualmente estaba bastante perdido, con el que fui más tarde a tomar unas cañas después de vivir la siguiente anécdota en una tienda que nos encontramos mientras paseabamos:

-Yo: pues me gustan estos tarjeteros de oferta
-Alex: a mí también, y están bien de precio, creo que me compraré uno.
-Vendedora hiperamable: están hechas a mano por mí misma. 5 euros
-Alex: qué bien. Deme éste. (Paga con un billete de 100 euros. Recibe el cambio)
-Yo: A mí éste. (Pago con otro billete de 100 euros)
-Vendedora hiperamable (reverenciando): ¡uy!, tu amigo me acaba de dejar sin cambio. ¡Lo siento muchísimo!
-Alex: Bueno… sí quieres te los dejo y luego nos tomamos algo por ahí.
-Yo: ok.
-Vendedora hiperamable(continuando sus reverencias de disculpa): ¡¡Lo siento tantísimo!!          Aquí pensé que se iba a hacer el hara-kiri, pero no. Lo que dijo fue:
-VH: Por favor, aceptad cualquier artículo del mostrador a modo de disculpa. Coged una cartera o tarjetero o lo que queráis cada uno. ¡Por favor!
 
  En Europa no te dan ni un mojón de plástico por algo así.

 Por la noche llevé mi bici a un aparcamiento de bicis. Está prohibido aparcar la bici durante más de un par de minutos y vi en dos o tres ocasiones a policías multando bicicletas estacionadas en sitios no aptos para ello (como en medio de la calle por ejemplo) Me dirigí a un aparcamiento para bicis muy bien indicado y al llegar allí, el trabajador que me atendió, me dijo que fuese a uno a 100 metros, que valía la mitad:
-Hola. ¿Para aparcar la bici, es aquí?
-Sí, pero mejor vete (señalando) a ese de allí. Es más barato.
-Err… gracias… Pero, ¿tú no trabajas aquí?
-Si… Será nuestro secreto. ¡No te chives!



 ¡Qué majos los japoneses! Por lo general eran de un amable y simpático que te hacía querer a todos y cada uno de los japoneses. Además de que el acento es bastante tierno y su lenguaje corporal es muy agradable. A ello hay que añadirle que en ningún momento sientes un acercamiento por motivos sexuales o de atracción física (un hombre tan apuesto como yo sufre mucho tipo de acoso en sus viajes) Son como asexuales. No sé cómo se reproducirán, pero del modo habitual seguro que no. Estuve a punto de cortarle un brazo a un japonés a ver si crecía uno nuevo, pero al final me contuve… Quizá sea por esporas, no sé…
  Aún así, tengo la teoría de que este año eran especialmente majos con los extranjeros ya que muchos me comentaron que a causa del terremoto->tsunami->escape radioactivo en Japón, el número de turistas era bajísimo comparado con otros años, por lo que quizá (esto es sólo una teoría mía) se haya promovido alguna política de tratar bien al turista, que a fin de cuentas es una gran fuente de ingresos para el estado japonés.

 Así que, al igual que mi bici, me fui a dormir y soñar con los angelitos. ¿Os ha sabido a poco? ¡En nada os cuento más!

¡ Un abrazo y gracias por los que posteais!  Me gustaría que los que leéis comentaseis algo, aunque sólo sea “me ha gustado” o “no me ha gustado nada”. Me da ánimos para escribir el siguiente y me gusta ver lo que opina la gente que conozco sobre todo esto. A veces no sé si estáis medio en serio o en broma cuando decís que ha sido un buen post… ¡A mí me parece que mayormente comento mucha tontería!

viernes, 19 de agosto de 2011

Kyoto... Round 1...Fight!



Había pasado mi última noche en Osaka, antes de dirigirme a Kyoto, que está a pocos kilómetros de distancia (Osaka, Kyoto, Nara, y Kobe, juntos con otras pequeñas ciudades, conforman lo que se llama la conurbación o prefectura de Kansai) Así que cogí el tren de cercanías y me puse allí en un plis. Había reservado la noche anterior un hostal por la zona centro de la ciudad, así que me dirigí allí nada más llegar, pagué el hostal y salí a la calle.

    Calles de Kyoto                                           
 
 Hablando de pagar, que sepáis que los cajeros en Japón, al contrario de lo que se podría pensar, son bastante escasos para los extranjeros. Casi ningún cajero acepta tarjetas no-japonesas. Normalmente hay que ir a un 7-eleven (como un 24 horas) y sacar en sus cajeros. Como curiosidad, en todos los cajeros japoneses, dan a escoger como idiomas japonés, chino, inglés y… ¿portugués?  Qué cosas…

 Como os había contado en mi anterior post, en Rusia hice buenas migas con unas chicas japonesas que casualmente, vivían desperdigadas por la prefectura de Kansai. Majas como ellas solas, se reunieron ese día para quedar conmigo y enseñarme la ciudad, dar una vuelta y cenar conmigo. Sé que me llamaréis de todo, pero aunque en Rusia hablaba con ellas, no me acordaba del nombre de todas, por ser muy parecidas entre si (…) y tuve que revisarlo en el facebook antes de quedar con ellas.

 
    Mujerzuelas en yukata       

 Así, quedé con Nozomi, Yurie, Sae y otra Nozomi.  Fuimos a dar un paseo por una calle de compras del centro mientras nos íbamos poniendo al día. Al ser verano, muchas mujeres (y algunos hombres) llevabanpuesto un “yukata” que es una especie de kimono, pero de verano. Es bastante normal llevarlo, sobre todo en fiestas del barrio, pero muchas mujeres lo llevan como un atuendo normal. A mí, como occidental que soy, me llamaba bastante la atención los primeros días, pero se ve que allí es como el que aquí va de chándal.

  Pasando por montones de tiendas, que de nuevo me saturaban un poco, cruzamos un “pachinko” y yo, que lo había visto en algunos mangas, tuve la tentación de entrar. El “pachinko” es como las maquinas tragaperras japonesas, pero mucho más ruidoso y movidito. El sistema es el siguiente: uno se sienta en la máquina de pachinko (un poco más grande que una tragaperras) y pone un importe de unos 1000 yenes (unos 9 euros) para que le salgan unas 100 bolitas, que la máquina ira absorbiendo a modo de crédito y que a su vez irá escupiendo mientras se vayan ganando rondas. El caso es que al haber cientos de bolitas en movimiento en cientos de máquinas en la sala, el ruido es realmente ensordecedor.  Está prohibido sacar fotos dentro de la sala, por lo que tendréis que conformaron con mi descripción.

 Más adelante, pasamos por una tienda de 100 yenes (nuestro equivalente a los cadena 100) antes de llegar a un supermercado, a donde quería ir con ellas para preguntarle qué eran muchos de los productos que nunca había visto. Lo más raro que vi (y probé, claro) fue una cosa llamada “natto” que eran habas de soja fermentadas (podridas) y que supuestamente eran sanísimas (sano=mal sabor) Lo probé y les dije que estaba riquísimo, claro, que les iba a decir.  Pero realmente no os lo recomiendo mucho. Por lo mal que sabe debe curar el cáncer por lo menos.

 Más tarde fuimos a cenar a un restaurante japonés, de estos que jamás encontraría si no fuese por ellas. Al estar tan superpobladas las ciudades de Japón, muchos de los restaurantes, tiendas y departamentos varios se encuentran, por ejemplo, en un séptimo piso de un edificio. De ahí los neones en los laterales de los edificios tan característicos de Japón.   

    La cena                               

 El lugar era un sitio de reunión de gente joven donde todo (o casi todo) valía unos 270 yenes (unos 2,5 euros) y se pedía a través de una pantalla táctil donde uno veía la foto y presionaba si quería pedir lo que se le mostraba. A todo esto, estábamos en un compartimento privado donde el camarero entraba y salía a servirnos.  Por cierto, no sé vosotros, pero yo pensaba en lo incómodo que era comer todo el rato sentado en el tatami con las piernas cruzadas y es que… ¡hay truco! Resulta que debajo de la mesa hay un hueco para que uno ponga las piernas y se siente normal (en la foto se ve mes o menos claro)



         El truco del hueco                                         


 Nos despedimos para volver a encontrarnos al día siguiente (aunque sólo vería a Nozomi 1 y 2)

 Por la mañana de mi segundo día, mis amigas las Nozomis decidieron llevarme a uno de los muchísimos templos que ofrece Kyoto. El primero fue un templo budista. Les pregunté a mis amigas si eran budistas, ya que rezaron unos segundos ante uno de los altares, y me dijeron que no, pero que bueno, que “todo venía siendo lo mismo” Me pareció un pensamiento muy bonito la verdad. Así que yo recé también me lavé las manos en uno de los regueros de agua con cucharones que había a la entrada para tal menester, di dos palmadas ante uno de los altares como hacían todos y recé un poquito. Por allí también había una especie de horóscopo que se puede encontrar en casi cualquier templo. El sistema es que hay una caja con un montón de varas dentro. Se le da la vuelta a la caja y la vara que te salga te indicará tu fortuna del momento. Hay que ir a un vendedor que está al lado y comprarle el papelito (por 1 euro) que coincida con la suerte que le ha tocado a uno, y ver lo que ha salido. Si le gusta uno lo que ha leído, se puede quedar con el papel. Si no, puede atarse a un tronco que hay cerca (donde hay cientos de papelitos atados) y el tronco será el que reciba esa suerte, no uno mismo.

 Visitamos varios templos, hasta que Nozomi 2 nos abandonó y me quedé con la Nozomi primordial. Vi templos para aburrir a un cura, algunos de los cuales os adjunto aquí en modo de fotografía.
Nada que ver ninguno de ellos con iglesias o mezquitas; por lo general eran jardines con un templo al que no se podía acceder y por el que se paseaba y se podía tener un momento de tranquilidad en el medio de la gran ciudad.

 Me fui a cenar con mi amiga a otro restaurante, después de una larga jornada de patearnos bien la ciudad, donde tomamos unas copichuelas y nos despedimos, ya que ella tenía que volver a su ciudad, que estaba a unos cuantos kilómetros de distancia.

 Sabiendo que a partir de entonces estaría sólo, decidí alquilar una bici para el día siguiente y así ver Kyoto y sus alrededores, los cuales darían bastante de sí y conseguirían que mi reserva inicial de dos días en Kyoto, se alargase a 4 días.

 Pero como veo que mis otros dos días se me harían muy largos en este post, lo dejaré para la próxima vez. ¡Estoy retomando mi ritmo normal entre post y post!

 Un abrazo a todos y aunque no siempre escribáis (qué se le va a hacer) gracias por leerme.

domingo, 14 de agosto de 2011

Luces, camaras... ¡Japón!





¡Hola de nuevo, jovenzuelos!

Sé que hace ya bastante que no actualizo, pero todo tiene su explicación. He estado moviéndome de una ciudad a otra en Japón y no he tenido acceso a ningún punto wi-fi, por lo que no me he podido conectar desde mi ordenador para actualizar y transmitiros mis pizpiretas aventuras.

¡Tengo un montón de cosas que contaros!

 Os había dejado a puntito de coger mi ferry con destino a Japón. El ferry partía de Osaka a las 9 de la mañana y ya que mi tren de la noche anterior se había retradado, pasé las 5 o 6 horas que tenía de espera en la estación de trenes para ahorrarme una noche de hostal. La estación estaba perfectamente aclimatada y era muy acogedora para echarse un par de horas, tanto que hasta los mosquitos se sentían muy a gusto y campaban a sus anchas por toda la estación. El resultado fue que cuando me desperté, tenía todo el cuello y las piernas con un montón de picaduras. Rascándome sin parar, llegué al puerto internacional y subí al barco después de pasar el control de aduana. Mi camarote era de 4 personas, y en el íbamos un japonés, un chino, un holandés llamado Bart (recordad su nombre porque aparecerá más veces) y yo. En todo el barco seríamos unos 6 no-asiáticos. La travesía duró 2 días y he de decir que fue la transición perfecta para pasar de China a Japón. El puerto de Shanghai es el más contaminado que he visto en mi vida. En general, China está contaminadísima, y ciudades pequeñas se han convertido de repente en grandes ciudades y no han sabido moderar su contaminación. He estado en Nueva Delhi y en México, que se suponen las dos ciudades más contaminadas del mundo y os puede asegurar que en China ya hay ciudades más contaminadas aún, irrespirables. El mar de Shanghai no iba a ser menos y durante unas 3 horas, lo único que vimos fueron aguas llenas de combustible y de un color marronuzco que nunca había visto cubriendo un mar entero.  A medida que nos fuimos alejando, el agua se aclaró y entramos en alta mar, sin ver ni rastro de tierra en ninguna dirección. Cansado como estaba de haber dormido poco en la estación, me fui a dormir temprano para al día siguiente madrugar y no perderme el desayuno (que era gratis, como a mi más rico me sabe) y sacar algunas fotos. Sin embargo, horror. Mi cámara se había estropeado por la humedad en el monte Tai´Shan(ver post anterior) y no se encendía, así que sólo pude sacar algunas con la cámara del móvil. Me quedará grabado el momento en el que, al salir a cubierta por la tarde al segundo día, avistamos tierra y dijimos “eso de allí, es Japón.” Me pareció una manera muy bonita de llegar a un país.

  Los dos días transcurrieron con calma, hablando con los otros europeos y con dos pasajeras japonesas muy simpáticas que nos invitaron a una sesión de karaoke, situado en el barco y un par de cervezas diciéndonos que “eran encargadas de darnos la bienvenida a Japón”
 La cosa ya pintaba bien y al llegar a Japón y tras pasar un control bastante exhaustivo de aduana, nos fuimos (las japonesas, Bart (¡acordaos de él!), otro chico francés y yo) al centro, donde intercambiamos facebooks y nos despedimos.

 Sin tener muy claro que hacer ese día y sin un hostal reservado, dejé mi equipaje en unas taquillas y, guía en mano me puse a callejear un poco. No fue fácil, porque después de dos días en el barco, notaba que seguía moviéndome un poco al andar y me mareé bastante.  Fue así a lo largo del día y cada vez fue a peor por el cansancio, además de que aún no asumía que estaba en Japón.

 Lo primero que hice fue ir a reparar mi cámara de fotos. Al lado de la estación de trenes de Osaka hay un macro-ultra departamento de electrónica de unas 10 plantas. Lo describiría como  un “exceso de información”: todos las paredes estaban llenas de anuncios de productos, se oían montones de promociones por el altavoz y lucecitas y colores por doquier. La verdad es que llegaba saturar y este sentimiento se repitió muchas veces en muchos locales hasta que terminé por acostumbrarme (nunca del todo)

                            


 Después de dar algunas vueltas, sorprendí a un dependiente por decirle que quería “reparar una cámara”. Al momento me dijo que la tirase y comprase una nueva, lo que ya era un prólogo del consumismo absoluto que me iba a tocar vivir las próximas semanas. Pensando que no tenía la garantía conmigo, que la marca era coreana y que la había comprado en Rusia, me olía que poco había que hacer y decidí hacerle caso. Para gozo mío y de mi bolsillo, la cámara salió a la mitad de precio de lo que me habría costado en España.

 Con cámara en mano, fui a dar unas vueltas por Osaka: subí a un rascacielos para captar una panorámica de la ciudad y fui al castillo de Osaka, un poco decepcionante por el hecho de que era muy evidente que había sido construido hacía pocas décadas. En el parque de los alrededores decidí sentarme a comer en un puesto de “takoyaki” una de las delicias gastronómicas de la región de Kansai (que agrupa Osaka, Kyoto, Nara y Kobe, entre otras) Los “takoyaki” son una especie de croquetas de pulpo, con algo más de sabor a huevo, y cubiertas con una salsa bastante rica. Llenan bastante y es bastante curioso ver como las hacen en una plancha con huecos para cada una de las bolas, donde se van cociendo y cogen forma.

                                    

 Paseando por las típicas calles de luces de neón, me encontré con un cíber y decidí entrar para reservar un hostal para esa noche (efectivamente, llegué a Japón sin tener reserva). El cíber en cuestión valía 6 euros la hora (en España suele vale 1- 1,5 euros) Eso sí, iba los 50 megas reales que se suponen que comparten con la familia Pérez de Ya.com. Busqué un hotel céntrico y cogí un metro hacía allí. Tanto en el metro como en cualquier sitio al que iba y pedía ayuda, la gente era, como nos esperamos de los japoneses, muy amable. Si preguntaba por una dirección, solían acompañarme hasta algún lugar cercano y directamente llevarme andando, aunque se desviasen de su ruta por ello; y si la pregunta era sobre cómo comprar un billete de metro o similares, me diría qué botones tendría que presionar (me he fijado en que nunca los pulsan por mi). Si no hablase nada de inglés o lo hablase mal, me pediría perdón varías veces (algo que, para bien o para mal, pasó bastante) En general, piden perdón por todo: por chocar contigo, cuando vas a pagar, por no hablar bien inglés, porque se supone que no han sido suficientemente rápidos, por cruzarse en tu camino en un lugar poco frecuentado, etc… Son muy ceremoniosos y al final, uno acaba entrando en la dinámica y pide perdón por todo también.

  Dormí en una habitación privada muy baratita que parecía la de Nobita, de 8 metros cuadrados.  Muy temprano, en parte porque el mareo por el barco ya era considerable, y para estar fresco al día siguiente, en el que me dirigía a Kyoto, en la que reservé hotel (esta vez sí) para dos noches, aunque me terminaría quedando 4 de lo mucho que me gustó.

                                                          

 Curiosamente, vuestro amigo Pablo es tan simpático y popular, que tiene amigos hasta en Kyoto. Efectivamente, cuando vivía en Moscú, daba clases de ruso en un grupo en el que había 6 japonesas que felizmente corrompían mi acento ruso. El caso es que cuando les dije que iba a Japón, se pusieron muy contentas y se acercaron a Kyoto (dos de ellas vivían a unos 70 kilómetros) el día que llegaba para enseñarme la ciudad.

 Pero eso será en el próximo blog, el cual os aseguro que será muy,muy prontito, ¡esta vez no os haré sufrir!

¡Un abrazo para todos y un mojón para los que leéis y no escribís!

Pablete.