miércoles, 21 de septiembre de 2011

De izquierda a derecha y de abajo a arriba.


¿Qué pasaría tras mi llegada a Kanazawa, a la 1 de la madrugada y donde no tenía nada reservado? Pues que evidentemente estaba en la calle y ahí me quedé hasta que amaneció. Di un paseo intentando encontrar un bar abierto y cuando creí que estaba salvado al avistar un karaoke un poco sórdido, me encontré que una vez dentro había cubículos un poco pequeñitos y demasiado íntimos y que las luces eran sospechosamente coloraditas. Yo por si acaso, no fuese a ser que pecase de desconfiado, pregunté a un camarero que estaba cerca de la entrada si podía tomar una cerveza, a lo que me miró como si hubiese visto a Alf y me dijo que no, que ahí para tomar cervezas como que no…

 Así que me alejé de la casa de afecto negociable japonesa y me puse a dar vueltas hasta que, cansado como estaba después de tan largo día, volví a la estación y me puse a descansar rodeado de una nube de indigentes japoneses. Por supuesto, un indigente japonés es como un indigente de alto standing y los bancos eran comodísimos.

 Una vez despojado del sueño (y de algo de dignidad) me desperté unas 4 o 5 horas después para ver el jardín de la ciudad, considerado uno de los tres jardines más bellos de Japón. El jardín era en efecto, muy bonito y aquí os dejo unas fotos para que lo podáis apreciar. Tiene cerezos de todo tipo, estanques, arbustos muy monos y pajarillos que revolotean por doquier. Creo que también estaba el árbol en el que se transformó David el gnomo. Pero vuestro amigo Pablo ya estaba un poquito saturado de jardines y lo que quería era tomarse una cervezuela y ver un poquito de ciudad, por lo que decidió irse al norte a ver que se encontraba. Y como Sapporo es una gran ciudad cervecera en lo más norte de Japón, ahí me dirigí.
 De camino a Sapporo decidí parar en Takayama, sólo por el hecho de que iba con la guía de mi amigo Daniel y tenía marcado en el mapa algo así como “lugar chachi” por lo que decidí pararme. En el pueblo (que más bien era una aldea) rústico como él solo, la mayoría de las casas eran de madera, como la de la foto y aunque estuve tentado de ver si alguna prendía sólo para ponerlo en facebook, no lo hice y me limité a sacar unas fotos y comprar algo de comida para el largo viaje que me esperaba. Fui a la estación de trenes y pedí un billete para Sapporo para ese día. Esto equivaldría a estar en Cadiz y decirle al vendedor de billetes de la estación: “¡Hola! ¡Deme el próximo ticket para Tarragona!” El señor aún así me hizo las conexiones pertinentes y me encontró una en la que tenía un trasbordo de un minuto y medio para coger el tren de enlace. Él vendedor de billetes aseguraba que el tren llegaría al segundo en puntualidad y os adelanto que así fue. Cosas de la red ferroviaria japonesa.

 Sapporo es la mayor ciudad de la isla más al norte de Japón, Hokkaido. Dicha isla va bastante a su bola y no tiene tanto del Japón tradicional al que estamos acostumbrados. Y tampoco de su clima: en Hokkaido las temperaturas pueden llegar a alcanzar los 40 grados bajo cero en invierno y es relativamente común el ataque de osos en las montañas.  En Tokyo como mucho te ataca un gato, que seguramente sea Doraemon y te de algo bueno.

 Cuando yo llegué no hacía -40 grados, pero si hacía bastante rasca aún así, sobre todo teniendo en cuenta que llevaba un mes muriéndome de calor allá a donde iba y que cuando abandoné Takayama estábamos a 34 grados.

En Sapporo, algunas de las cosas más famosas son: el reloj del ayuntamiento, la lonja de pescado, el museo de los “ainu” (los aborígenes de la isla)  o la torre de televisión (en la foto) Pero lo de verdad, de verdad famoso de Sapporo es sin duda, la cerveza. Sapporo produce una cerveza (que por supuesto trajeron los alemanes) que llevan produciendo desde hace la tira de años por ellos mismos. Así que me propuse realizar una inmersión cultural e irme a tomar unas cervezas mientras degustaba uno de los platos típicos de Sapporo, el Jingisukan (Gengis Khan) consistente en una parrilla ovalada sobre la que ir poniendo los alimentos que se van pidiendo, principalmente carne y verduras, lo cual no es nada, nada típico en el resto de Japón. Os dejo un video bastante aclarativo.
   
Habiéndome puesto hasta las trancas de cerveza y carne, me fui feliz como una perdiz a bajar la comida, ya de noche aun siendo las 18h, lo que remarcaba que de verdad estaba muy al norte (tardé unas 8 horas en Shinkansen)

 Visité, incitado por mi amigo Morente, el museo Ainu de la ciudad, que se encontraba en un séptimo piso y que parecía que nadie visitaba. Lo digo más que nada porque había varias pantallas informativas que encendieron al entrar yo y porque la que cortaba el bacalao en el museo vino a hablar conmigo en persona a indagar quién era yo y qué era lo que hacía. Como debí ser el primer español que pisaba aquel museo y le caí en gracia, me enseñó a tocar un instrumento ainu muy rudimentario y mono llamado “mukkuri” que aún conservo. No es que suene muy bien, pero claro, si viene de Japón, donde todo parece más maravilloso, de repente a uno le suena a arpa celestial.

  Dispuesto a abandonar Sapporo con el listón bien alto y contento de haber ido, pensé que ya nada más podría ofrecerme la ciudad. Sin embargo estaba equivocadísimo: volviendo a la estación me encontré al héroe de mi infancia en medio de la calle, en Japón. Allí, repartiendo fliers se encontraba… ¡¡Son Goku!!  Sí amigos, era el auténtico Son Goku. Lo reconocí porque llevaba la bola de cuatro estrellas de su abuelo en la mano y claro, eso era una prueba irrefutable. Os adjunto una foto para que podáis verlo con vuestros propios ojos y me digáis que os parece este nuevo peinado afro-superguerrero que se ha dejado.

 Y así, terminé mis andanzas de arriba a abajo de Japón y me dirigí a la que sería mi última parada antes de abandonar el país: ¡TOKYO!

Pero como bien os oléis, esto amiguitos, será la próxima vez.

 ¡Un abrazo y escribid algo, por caridá!

domingo, 18 de septiembre de 2011

El Japón rural.









¡Hola niños, jóvenes y mayores! Os escribo este post pequeñito para que no se os haga larga la espera. Han llegado a mis oídos casos de gente que no puede dormir esperando a mis actualizaciones y eso no puede ser. No, no.

 Así que os contaré como empecé en el mundo rural japonés, en la costa noroeste de Japón, donde todo lo que  hay son pueblos y más pueblos. Matsue por ejemplo, es uno de ellos y la verdad es que no tiene nada representativo, aparte de un castillito, un puente muy grande y unas tapas de alcantarilla muy bonitas (si, en Japón decoran hasta las tapas de alcantarilla. Imaginaos que amor al detalle deben de tener) Era la gente lo que hacía que me diese cuenta que no estaba en una ciudad principal. Si en ciudades de más de un millón de habitantes como Osaka, la gente se sorprendía de que fuese español, en Matsue directamente entraban en un estado de shock y empezaban a convulsionar como si estuviesen viendo un ataque de Pikachu por televisión. Me levanté temprano e hice el check-out, que básicamente fue dejar la llave en un cajetín, ya no había nadie en el hotel cuando me fui (¡viva la seguridad en Japón!)

 Me eché un paseo por la ciudad, hasta que un japonés me abordó y me preguntó que a dónde quería ir, así que le dije que iba al castillo. El señor en cuestión, que debía tener unos 70 años, consideró que el castillo estaba muy lejos (estaba a unos 20 minutos andando, pero claro, para el señor sería como un peregrinaje) por lo que me recomendó coger el bus que pasaba por allí en ese momento. Como no quería mandar al señor a freír sushis, por miedo a infartarle y tardar aún más, me subí al bus. No sé si fue porque me explicó en qué parada me tenía que bajar en un limitado inglés o porque tampoco le estaba haciendo mucho caso, que terminé saliendo de la ciudad, por lo que me empezó a dar en la nariz que me había pasado del castillo que estaba en el centro del pueblo.  Me bajé del bus (que además en Japón se paga al salir, pagando según las paradas que hayas recorrido) e indicándome por la orientación de las estrellas o por inspiración del espíritu Santo, conseguí de algún modo llegar a una estación de buses que me llevase a algún lado. Decidí ir directamente a Izumo, que estaba en mi lista, donde había un templo importante, con una llamativa cuerda hecha de pequeñas hebras (la que veis en la foto, bajo el tejado. Supuestamente servía para alejar malos espíritus) Como me sentía impuro ese día, recé un poquito en el templo. En los templos japoneses, al rezar, se ha de realizar dos reverencias, echar una moneda en un cubículo destinado a ello, dar dos palmadas, volver a inclinarse, no vaya a ser que uno no haya reverenciado bastante y rezar. En Izumo, sin embargo, se han de dar cuatro palmadas para llamar la atención del espíritu protector.

 Protegido como estaba, me fui a dar una vuelta por las premisas del templo, al cual no se podía acceder porque unos jovenzuelos estaban encerándolo en ese momento con los ropajes que veis en la foto. No podían hacerlo en chándal, no.

 Entre las hebras que conformaban la cuerda de la entrada del templo, encontré montones de monedas al alcance de mi mano. Como estaba a principios de mes, no cogí ninguna. Me fijé en que mucha gente lanzaba monedas contra la cuerda y según una señora de allí me explicó que si se quedaba enganchada, el espíritu me protegería (¿¿más??) Como a mí las chorradas me van a tope, me puse a lanzar una monedita hasta que se quedó enganchada. Hiperprotegido contra cualquier peligro y adversidad volví a Mastue, donde por fin vi el castillo, el puente y demás, y me dirigí antes de que terminase el día a Kanazawa, a dónde llegaría a la 1am sin tener nada reservado. ¿Qué pasaría? Lo sabremos la próxima vez.

Abrazos, besos y lametones.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Hiroshima.












   ¡Hola, potenciales comentadores de mi blog! ¡Aquí estoy una semana más contándoos mis alocadas e hilarantes aventuras a lo largo, ancho y alto del mundo!

    Me había despedido cogiendo el tren en mitad de la madrugada desde Fukuoka, un poquito alegre por el alcohol de la barra libre de esa misma noche, que afortunadamente me iría bajando durante en el viaje de unas 2 horas en tren a Hiroshima, a donde quería ir especialmente ese día ya que se celebraba un evento conmemorado a nivel mundial: el aniversario del lanzamiento de bomba atómica en Hiroshima.

  Os adelanto desde ya que sin duda fue uno de los días de mi vida. Al llegar, sobre las 8am, podía notarse que toda la ciudad estaba paralizada por el evento y miles de personas salían de los distintos trenes provenientes de otras ciudades para asistir a la ceremonia, que se realizaba en el “Parque en Memoria a la Paz”, donde se alza el cenotafio ( el arquito que veis
en la foto) en memoria de todos aquellos que fallecieron a causa de la bomba. Al llegar a la plaza, donde se encuentra la famosa “cúpula de la bomba” (el edificio de la foto principal, que milagrosamente fue de los pocos que quedó en pie a pesar de encontrarse a escasos metros de la explosión), contemplé como toda la plaza (y es bien grande) vi que estaba repleta de gente, con sillas y humidificadores bien distribuidos y organizados, como cabe de esperar de Japón, mientras diversos mandatarios mundiales expresaban sus opiniones en contra del armamento nuclear y recordaban la gran pérdida que Hiroshima sufrió en 1945. El evento este año tuvo incluso más importancia tras lo sucedido en las centrales nucleares de la región de Fukushima. Tras la ceremonia, que duró un par de horas y que a su vez se televisaba a través de cientos de pequeñas pantallas colgadas de árboles y postes alrededor de la plaza  me intenté acercar al cenotafio y se ve que, en ese mismo instante, miles de japoneses tuvieron la misma idea, porque la cola fue de media hora por lo menos, bajo un pletórico sol que ese día decidió subir hasta los 35 grados. En un momento dado me di la vuelta y saqué una foto, para que os hagáis una idea de la marabunta de japoneses que me seguían.

  Antes de llegar, unas chicas se acercaron a mí y al ver que no tenía nada que dejar a los pies del cenotafio, me dieron una rosa para que la dejase allí. Había mucha gente como voluntaria y varios puestos a los que me acerqué porque vi que en uno de ellos daban vasos de agua (gratis) por lo que arramblé con todo japonés que se pusiese por delante hasta llegar a los distintos tenderetes de lo gratis que rodeaban la plaza en busca del líquido primordial y un poco de información.  En los diversos puestecitos, había actividades para niños, para mayores, información de todo tipo y varios con papeles de colores que servían para crear grullas de papel. Las grullas de papel son un símbolo de paz y se supone que a aquel que logre hacer 1.000 de las dichosas grullitas, se le concederá un deseo. Yo he de decir que hice dos con bastante esfuerzo y porque tenía un japonés que me decía lo que tenía que hacer en todo momento. Con las grullas de todo el mundo se formaban cadenas de grullas de vistosos colores que se iban dejando por la ciudad adelante. Muy rollo Art Attack.
   Mientras andaba pululando entre puestos, se me acercó una camada de niños de unos 10-11 años y en un inglés muy básico me dijo uno de ellos que eran del colegio “Nagatsuka” (pues eso, un colegio) y que ese día tenían que intentar que todos los turistas recordasen ese día y todo lo sucedido. Para hacerlo aún más mono, me entregó una paloma de la paz de
papel pintada por ellos (la de la foto) que aún guardo. Quiero recordar que todo esto, estando allí, se vivía como un gran conjunto de gente dando un mensaje de paz y que en todo momento el ambiente era de cierta alegría. Al lado de la plaza se encuentra el Museo de la Memoria, en el que ese día se encontraban testimonios vivientes de la gente que estaba en los alrededores de Hiroshima cuando la bomba estalló y lo vio con sus propios ojos. Todos tenían en torno a 80 años (80 años japoneses, que son bastante vitales) y tenían un inglés muy limitado pero bastante entrañable. Todos pedían mil disculpas por su pobre inglés y hablaban muy despacito, perdiéndose entre los papeles que tenían para organizar su discurso. Nos contaron cómo sobrevivieron a la bomba, cómo lo que más recordaban todos era una lluvia negra tras la bomba, a causa de las cenizas de todo lo volatilizado y como veían a la gente en la ciudad a la que, literalmente, la piel se le caía a tiras. Me siento afortunado de haberles podido escuchar, sobre todo teniendo en cuenta que quizá en unos pocos años no quedé nadie para contar algo así.

  Salí del recinto de la ceremonia y decidí pasear un poco por la ciudad. Lejos de parecer una ciudad depresiva y totalmente centrada en la tragedia, Hiroshima era una ciudad con un aire muy positivo y que se reconstruyó en pocos años dando lugar a una ciudad moderna y bastante bonita, he de decir. Como decían ellos “nos dijeron que tras la bomba, ninguna planta volvería a crecer en Hiroshima y sin embargo, con nuestro esfuerzo, hoy es una bonita ciudad llena de árboles” 

   Mientras iba andando por una de las zonas comerciales, me encontré a Hans y Jürgen, los chicos suecos de Kyoto (!), con quienes paseé un rato mientras intercambiábamos planes. El mío era irme por la tarde al mundo rural japonés y empezar a perderme por pueblos pequeñitos. Los primeros serían Matsue e Izumo, en la costa Norte del país, bastante menos transitada.

 A escasas horas de irme, después de comer, pasé por enfrente de una tienda muy curiosa entre coffee-house holandés y tienda de antigüedades. Mientras echaba un ojete a la mercancía, se me acercó un japonés muy curioso (con pelo largo y piercings, algo que no había visto hasta el momento) y con pinta de simpático que me hizo las típicas preguntas de procedencia y opiniones sobre Japón, en un inglés muy, muy limitado.
Le debí caer en gracia, porque me dijo que él era de Hiroshima y que para él era muy importante que los extranjeros que iban a Hiroshima recordasen lo que habían visto y difundiesen el mensaje antibélico de la ceremonia, por lo que me preguntó si no me apetecería por un casual y de modo gratuíto, tatuarme una de las grullas de papel simbólicas de Hiroshima. Yo nunca antes me había hecho un tatoo, pero a poco que conozcáis mi afán a la tontería, sabréis qué respondí.

  Me subió a su taller, donde un amiguete suyo hizo en trabajo. Tuve que pensar el color y dónde lo quería en un minuto o así, y lo que quedó fue lo que veis en la foto. Semanas después, me alegro de haberlo hecho. A todo esto, mi tren ya había salido y tendría que coger un billete nuevo (siempre gratis, por el JR Pass del que os he hablado) y decidí volver un rato de nuevo a la zona de la ceremonia a ver que se cocía.

   Alrededor de las 6 empezaba a anochecer, y me encontré que cientos de personas dejaban farolillos de papel con mensajes de recuerdo a los fallecidos. En conjunto se veía un río lleno de farolillos de colores iluminados muy impresionante. Mucha gente rezaba a las orillas del río y se daría por concluida la ceremonia unas horas después, aunque varios de los eventos durarían dos o tres días más. Sin embargo no sé si os habíais parado a pensar en ello, pero yo no había dormido nada en ningún momento y tenía un poquito de resaca, por lo que decidí que ya había sido suficiente y me dirigí a mi querido Shinkansen, que me llevaría a lugares recónditos de Japón, comenzando por Matsue, a donde llegaría esa misma noche y me iría a dormir de cabeza en el primer hostal barato que encontré para al día siguiente perderme por el Japón rural. Pero eso, por supuesto, será la próxima vez.

 Un abrazo y muchos besos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Relax & ocio en Kyushu.









¡Hola amiguitos!

 Viendo que quienes me comentaban que no escribían porque los textos eran muy largos y que a quienes me comentan les gustaban como antes, volveré a mis textos habituales donde me explayo y os cuento todito, todito como a mí me gusta.

  Habíamos abandonado finalmente Kyoto, y aunque pensé que ya poco me iba a sorprender Japón después de lo visto, estaba equivocado. Tras abandonar Miyajima e Hiroshima, a donde tenía pensado volver dos días después para presenciar la ceremonia anual de la bomba atómica, me dirigí hacia el sur, a la isla de Kyushu.

  Japón en realidad es un archipiélago formado por miles de islas, aunque la mayor parte de la población vive en las 4 islas principales: Kyushu, al sur; Shikoku, en el centro-sur;  Honsu, la más grande de todas y donde se encuentran las principales ciudades como Kyoto, Osaka y Tokyo; y Hokkaido, que se encuentra al norte, cerca de Rusia.

 Por lo tanto, me dirigía al sur. En concreto a una ciudad llamada Beppu, conocida por sus aguas termales y sus chorros de vapor de origen volcánico. Por el camino, grabé algunos videos cortos de las zonas rurales japonesas como el que podéis ver aquí mientras iba en el Shinkansen.


 Llegué a Beppu por la noche, por lo que busqué uno hostal barato donde alojarme (una vez más, lo busqué al llegar) y me informé un poco sobre los muchísimos “onsen” que había en Beppu. ¿Qué es un “onsen”? Es una tipo de baño japonés, entre sauna y baño turco, en el que normalmente el agua brota caliente del suelo y la gente se baña desnuda junta. Es algo MUY típico de Japón y aunque algunas ciudades, como Beppu, son famosas por ello, se encuentran en todos y cada uno de los rincones de Japón.  Así que al día siguiente me dirigí a un onsen que me habían comentado que estaba muy bien y, aunque por el camino me perdí, una amable (como no) señora a la que le pregunté donde estaba el onsen, se ofreció a llevarme hasta la misma puerta en coche, aunque ni siquiera le quedaba de camino, mientras me contaba mil y una historias en japonés que nunca llegaremos a conocer. Tras abandonar a mi hospitalaria beppuína, entre en el onsen, donde uno ha de dejar su calzado en la entrada, darle la llave de la taquilla a la recepcionista, que a su vez le dará una toalla de mano. En la premisas del baño se desnudará uno delante de decenas de ojos japoneses que por supuesto estarán pendientes de ver que hace uno en todo momento (ya que era el único no-japonés por los alrededores) y ni toalla ni nada, uno sale del vestuario totalmente desnudo. En el onsen hay baños de distintos tipos, aunque lo primordial es un baño tipo estanque de agua caliente, normalmente al aire libre, y alguno cubierto. Asimismo, había varios baños de chorros calientes, aguas termales, etc… Un lujazo, vamos. Algunos onsen son incluso gratis, otros valen unos 7 euros la entrada aproximadamente. Por motivos evidentes no se pueden sacar fotos, pero os diré que es muy agradable estar desnudito, que la gente habla muy abiertamente y que uno se queda como nuevo, claro. También hay mucha miradita tonta. No digo más.

 Tras rejuvenecer 10 años, me dirigí a la playa, donde por si no me hubiese relajado bastante, me esperaba un baño en arena caliente. En varias playas de Beppu, las arenas están “ahumadas” por el efecto del calor volcánico y se le atribuyen propiedades minerales. Yo en concreto iba por mi afán de hacer cualquier tontería que se me planteé. Así que ahí me planté, y por 6 euros, me prestaron una toallita y un yukata (¿recordáis? ¿El kimono de verano? Lo hay en versión para hombre también) y ahí me fui a que me enterrasen en la arena. Pasé un calor horrible, aunque es bastante relajante y se suda bastante, con lo que se saca bastante roña acumulada.

 Al salir, uno se pega un bañito en un pequeño onsen y nada, listo para continuar el día. Yo continué el mío paseando un poco por Beppu, contemplando sus chorros de vapor por toda la ciudad (no sé si se pueden apreciar  bien la foto principal de arriba, pero los había por toda la ciudad y en conjunto eran bastante impresionante)

 Tanto relajamiento me dio ganas de activarme un poco y me decidí cambiar de ciudad e ir a la ciudad más grande de la isla de Kyushu: Fukuoka.

 Fukuoka es conocida sobre todo por su fiesta nocturna. Es de las pocas ciudades en Japón donde la fiesta comienza pasada la medianoche y se alarga hasta el amanecer. Al tener el JR Pass, podía moverme con total libertad de una ciudad a otra sin pagar ningún extra, así que contacté a un amiguete que había hecho unos días antes en un barco mientras iba de China a Japón… ¿Os acordáis de quién hablo? Efectivamente, se trata de Bart, el chico holandés con el que compartía camarote en mi travesía desde Shanghai a Osaka y con quién había chateado desde entonces un par de veces, ya que él se había mudado a Japón para vivir al menos medio año en Fukuoka. Así que le confirmé que iría ese mismo día y decidimos movilizar a la gente de su residencia para salir ese día. Llegué ya de noche (anochecía bastante temprano, sobre las 19:30h) y dejé mi equipaje en la estación, ya que sabía que no iba a pasar la noche en esa ciudad, puesto que quería coger el primer tren al día siguiente (a las 06h) con dirección a Hiroshima para ver el evento, que comenzaba a las 8:15h.

  Resulta que Bart (se llamaba así de verdad, no es uno de mis nombres inventados) vivía en una residencia para estudiantes extranjeros, por lo que sus amiguetes eran principalmente europeos y norteamericanos. Aunque había más gente, nos centraremos en sus dos amigos con quienes pasé la noche, Jordy (nombre real) americana muy maja que bebía como Bob Esponja y Pierogi(nombre inventado) un chico polaco con grandes delirios de grandeza. Ahí me fui yo, con Bart, Jordy y Pierogi a un bar que conocían donde cada viernes había, para las 25 primeras personas, “nomihodai” por 10 euros. ¿Qué es “nomihodai”?
Literalmente significa “bebe cuanto quieras”, así pues, una barra libre. Por 10 euros y en Japón, yo estaba rezando todas las oraciones existentes para todos los dioses conocidos para que fuésemos unos de los afortunados 25. Por suerte, mi flor en el culo se activó a tope y fuimos los números 22, 23, 24 y 25. No os quiero describir el grado de alcoholemia alcanzado, sobre todo porque hacía semanas que no probaba gota de alcohol y porque la cerveza no estaba incluido en el “nomihodai” (sólo bebidas tipo ron, ginebra, vodka, etc…”) Os adjunto esta foto totalmente engañosa de la primera hora de fiesta, que no representa para nada las caras que teníamos al final de la noche. Jordy se dedicó a arrimarse a todo lo que se movía, europeo al principio y dándole cada vez más igual lo japonés que fuese a lo largo de la noche. Bart hacía lo mismo y Pierogi se dedicaba a contarme lo sabio que era (decía que era un niño prodigio) Llegado cierto punto de la noche, empecé a hablarle en polaco y claro, lo flipó un poco y empezó a hablarme sin parar de Polonia, por lo que opté por cambiar de plano y socializarme con los japoneses, que había unos cuantos, deseosos de conocer extranjeros (era un bar con bastantes extranjeros, por lo que los japoneses iban a ello) Bailé un poquito con una chica a la que llamaremos Pinipón, muy simpática y bailonga ella, que podéis ver en esta foto con dos chicos simpatiquísimos que seguramente nunca habrá vuelto a ver.

  ¡Quiero dejar claro que me lo pasé muy bien y que tanto Bart como Pierogi, Jordan y Pinipón me cayeron genial! Desgraciadamente, a eso de las 5 de la mañana tuve que irme, no sin gran esfuerzo, a la estación de trenes para coger mi Shinkansen que me llevaría a Hiroshima, para vivir  el que fueuno de los días más solemnes de mi vida: la ceremonia del aniversario de la Bomba Atómica.

 Pero por supuesto, esto será la próxima vez. Un abrazo para todos. ¡No os olvidéis de comentar!