lunes, 3 de octubre de 2011

Sayonara!






Hola de nuevo, mis pequeños gorrioncillos.

Sé que me he extendido demasiado en Japón, pero son mucha las diferencias y cosas comentables que me he ido encontrando a lo largo del camino. En cualquier caso, termino con esta actualización mis andanzas por el país del sol naciente, y que mejor manera que contándoos precisamente, cómo nace el sol.
 Volviendo al sur desde Sapporo, y pasando por Fukushima (que parecía que estaba en perfecto estado y que seguramente me creo algún lunarcillo que otro) llegué a Tokyo por la mañana muy tempranito. Dejé como ya era costumbre mi mochilón en una consigna y me fui lo que más me apetecía ver en ese momento de Tokyo: el cruce de Shibuya.
Por si a alguien no le suena, fue el primer cruce en tener un paso de cebra en horizontal, vertical y diagonal a la vez, creando una marabunta de gente cada vez que los semáforos se ponen en verde. La gente seguía siendo muy amable, aunque se notaba el estrés de estar en una megalópolis. Tokyo es la ciudad con la mayor área metropolitana del mundo y se nota una vez se está allí y sobre todo, cuando uno usa el transporte público. Cada barrio es como una ciudad donde la arquitectura, la gente y hasta la comida cambian de una zona a otra. Sin embargo, antes de recorrérmelas todas, decidí usar mi último ticket de tren en Japón viajando al Monte Fuji, o como lo llaman los japoneses, el “Honorable Fuji”

El monte Fuji (Fujiyama en japonés) es la montaña más alta de Japón, con 3776 metros (58 metros más que el Teide;  lo siento, amigos de lo español) La temperatura media en la cima en verano es de cero grados. La gente iba preparada con roba de invierno, forros polares, botas de escalada (el camino no estaba asfaltado) galones de agua, barritas energéticas y mucha gente llevando botellas de oxígeno. Pues bien, vuestro amigo Pablo se plantó ahí con sus converse, una camisa muy mona y un suéter, unos vaqueros y la mochila llena de chocolatinas y doritos. ¡El equipo de los campeones! No pensaba llegar ni a la mitad, pero bueno, ahí me puse… ¡Y me puse tanto que al final llegué a la cima! No me preguntéis cómo porque no me lo explico, pero me puse a andar como un loco y hasta arriba llegué. Por el camino conocí a Ando, un japonés que me tuvo que repetir 4 veces su nombre (de ello que me acuerde ahora) y otros japoneses que me iban preguntado de dónde era y qué hacía. A todo esto, yo ya había aprendido algunas palabrillas de japonés y podía decir cosas del tipo “soy de España” “llevo tres semanas en Japón” etc... así que en mi salsa, me puse a hacer amiguitos, entre los que se encontraban personas disfrazadas por hacer la gracia. Mi favorito fue sin duda… ¡Pikachu! Os adjunto la foto para que lo podáis ver, a él y a mi camisa mona con la que escalé y aún así no fallecí de hipotermia.

 El amanecer por supuesto fue espectacular y mientras todos gritábamos conjuntamente un “ohayo gozaimasu!” (¡Buenos días!) salía el sol y todos como buenos japoneses¡, se ponían a sacar fotos.
 Lo malo fue bajar, porque si la subida fueron 7 horas, la bajada, después de dar una vuelta completa al cráter, fueron otras 5. El problema es que yo ya estaba exhausto de la subida y no tenía la motivación de llegar a ningún lado más que a cama. Para empeorar las cosas, como os podréis imaginar por las fotos, pocos retretes hay en las laderas del Monte Fuji, por lo que hubo una hora y media en la que casi me micciono encima, literalmente. Un japonés que por allí pasaba me dijo: “este monte es sagrado y una parte vital de nuestra historia para nosotros… Pero si no te aguantas, puedes orinar en una esquinita…” Me lo dijo como quien ofrece un riñón, pobre. Por supuesto aguanté como un campeón.

 Llegué a Tokyo nosecuantas horas más tarde, hecho un guiñapo. Lo primero que hice fue tirar el calzado, que se había semi-volatilizado entre las rocas y darme una merecida ducha.

 Con unas ojeras dignas de un mapache insomne, me dirigí a otra zona a la que le tenía ganas en Tokyo: Shinjuku. En mi opinión, Shinjuku es el corazón de Tokyo. Es lo que concebimos como Tokyo en sí y tiene retazo de todas las zonas: electrónica, chicas virginales que te ofrecen cafés vestidas de doncella, bares de ambiente, salas de videojuegos… De todo un poco. Os comentó que ya me quedé por allí los tres días que me quedaban. La primera noche dormí en un “manga kissa”, lugar sórdido y oscuro donde los haya, que principalmente son cibers con compartimentos individuales, diván incluído, en el que mucha gente se tira la noche haciendo lo que le plazca. En todos tienen una librería de miles de manga y otras atracciones, como comida ligera gratis para que te tires la vida allí. La segunda noche dormí en un hotemba, que ni os molestéis en googlearlo porque es argot callejero y no sé cómo se llamarán oficialmente. Principalmente es una mezcla entre hotel y sauna. Ahí lo dejo. Y mi tercera noche dormí, como no, en un hotel cápsula. He de deciros que son mucho más cómodas de lo que pensaba y no hay sensación de angustia en ningún momento. Os adjunto un brevísimo video para que os hagáis una idea.

 Podría hablar un poquito más de Japón, de otras persona peculiares que me he dejado en el tintero, o el teclado. De como dos adolescentes me hicieron un croquis en su cuaderno de Hello Kitty tras preguntarle una dirección.De las otras zonas de Tokyo que vi o de cosas riquísimas, de lugares a los que fui, o de otras curiosidades como las máquinas expendedoras o los puestos de la estaciones. Sin embargo creo que todo lo dicho es más que suficiente.
El último día me puse hasta la trancas comiendo porque tenía que gastar los yenes que me quedaban. Hecho un boliche humano, me metí como pude en el avión rumbo a mi siguiente destino, con el que iría al hemisferio sur por primera vez en mi vida: Sydney

 Aunque esto, por supuesto, será la próxima vez.

 Un beso a todos, ¡espero veros en breve!