Por petición de mi querido Morente, que tiene a bien subirme lo que escribo hasta que salga de China y pueda conectarme al blog, creo que escribiré un poco más (aún) en este blog, para ir acortando el desfase temporal entre lo que escribo y lo que sucede en tiempo real.
Os dejé en Guangzhou, ciudad futurista donde las haya y de la cual salíamos al día siguiente con destino Beijing (según la transcripción fonética antigua, Pekín) en un tren en el que, por motivos de demanda de tickets por parte de los estudiantes que acababan de terminar el curso, no tenía plazas reservadas, por lo que se nos planteaba un viaje de 30 horas de pie. Por suerte, mi flor en el culo se activó y encontramos dos asientos libres en el vagón restaurante, donde que nos pudimos sentar el resto del viaje. Comentaros que el tren era bastante modernete, y que la comida era barata aunque algo repetitiva (acabamos hasta el orcate de pescado tipo dorada y de apio) En él conocimos entre otros, a unos chinos con los que apenas pudimos hablar (por no hablar ni ellos inglés ni nosotros chino) y que nos invitaron aún así a unas cervezas, a una mongola de Mongolia con la que terminé hablando ruso que quería gorronearnos el teléfono para hablar con su hermano media hora (palabras textuales “¿Puedo llamar media hora?”) un gordo infame cuya foto tiene Dani y subiré al facebook (era muy gordo y muy infame) y otros personajes más que se nos acercaban o nos miraban por ser occidentales. No están aún muy acostumbrados a la gente como nosotros (y la barba les llama bastante la atención) y a veces incluso te paran por la calle y te piden si puedes posar con ellos para una foto.
Tras esta odisea, llegamos a Beijing caída ya la noche y con Lonely Planet en mano, nos pusimos a buscar un hostal en el que dejar nuestros enseres. Cogimos un taxi y señalamos en un mapa a donde queríamos ir, pero el taxista no entendía nada (creo, después de repetir este proceso, que no entienden la interpretación de los mapas como nosotros) así que nos dejó en la calle al cabo de un par de minutos y tuvimos que coger otro que entendió a donde queríamos ir y nos llevo cerca de allí (digo cerca, porque no nos llevo a donde queríamos. Nos llevo a donde a él le venía bien y nos indico cómo seguir andando)
Tras preguntar en tres o cuatro hoteles, decidimos quedarnos en uno de mochileros bastante bien situado (a 5 minutos de la plaza de Tiananmen) aunque teníamos que compartir la habitación con dos personas más por que no quedaban habitaciones dobles libres.
Después de un paseo de noche por el centro y una cena un poco peculiar, con animales no aptos para el consumo humano en Europa, nos fuimos a tomar la última antes de acostarnos en el pub del hostal, cuyos cocktails valían un misero euro y medio.
Al día siguiente, nos dirigimos a la plaza de Tiananmen, después de comprar alguna cosilla por las calles y en el Día (si amigos, al lado de casa teníamos un supermercado día. Y no sólo era el nombre. Era un Día, tal cual. El logo, el aura de cutrismo, el color. Era un supermercado Día en China.) Que sepáis que la plaza es de bastante difícil acceso y que no es en absoluto la típica plaza en la que la gente, yendo de un lugar a otro, pasa por casualidad. Hay un control de metales para entrar (eso sí, de mentirijilla, de estos que te hacen dejar el bolso, pero si pasa y pita no te dicen nada)
Creo que en general, las expectativas de grandiosidad son tales por parte de cualquier occidental (se supone que es la plaza más grande del mundo) que estoy seguro de que lo primero que todos piensan es: “vaya, pues pensaba que era más grande” Es enorme, sí, pero concibo que algún día se haga una plaza más grande. Además tiene un edificio en el medio que corta el campo visual y hace que parezcan dos plazas de tamaño medio. Aún así, es grande, por supuesto. Ese mismo día comimos el famoso pato Pekín, que sabe a gloria y tarda una hora en hacerse y que tiene las calorías de una enana blanca: se compone de tres platos (o el pato entero y ya cada uno se apaña) divididos en la piel crujiente (Riquísimo. Gordísimo.) la pechuga y el lomo. Todo acompañado de varios guarniciones y parafernalias con las que degustarlo. También nos metimos entre pecho y espalda un plato de medusa, para ver qué tal. Fatal. Moco con soja.
Como nos sentíamos muy chinos y muy aventureros, decidimos alquilar una bicicleta con la que ir hasta donde nos llevasen las energías a pesar de la lluvia monzónica que estaba cayendo. Aparecimos en una zona de pubs (con puesto de churros españoles incluído) donde empezó a llover de tal manera que tuvimos que guarecernos en un bar con cantautor en directo que cantaba, entre otras, una canción que os prometemos decía “chocho sin ley” repetidas veces. Seguramente sería “Chow chow xin lei” o algo así, pero bueno, es mucho mejor pensar que decía lo primero. Más tarde volviendo a casa, varios individuos se nos acercaron con el reclamo de “¿massage?” a lo que, si uno no hacía caso, para llamar más la atención decían: “¿lady massage?”
Supongo que supondrían que aún no estaba bastante claro de qué iba el tema, porque si aún así no se hacía caso, ya susurraban “¿lady fuck?” Esto nos paso casi todas las noches. Muy ladies serían…
Os dejé en Guangzhou, ciudad futurista donde las haya y de la cual salíamos al día siguiente con destino Beijing (según la transcripción fonética antigua, Pekín) en un tren en el que, por motivos de demanda de tickets por parte de los estudiantes que acababan de terminar el curso, no tenía plazas reservadas, por lo que se nos planteaba un viaje de 30 horas de pie. Por suerte, mi flor en el culo se activó y encontramos dos asientos libres en el vagón restaurante, donde que nos pudimos sentar el resto del viaje. Comentaros que el tren era bastante modernete, y que la comida era barata aunque algo repetitiva (acabamos hasta el orcate de pescado tipo dorada y de apio) En él conocimos entre otros, a unos chinos con los que apenas pudimos hablar (por no hablar ni ellos inglés ni nosotros chino) y que nos invitaron aún así a unas cervezas, a una mongola de Mongolia con la que terminé hablando ruso que quería gorronearnos el teléfono para hablar con su hermano media hora (palabras textuales “¿Puedo llamar media hora?”) un gordo infame cuya foto tiene Dani y subiré al facebook (era muy gordo y muy infame) y otros personajes más que se nos acercaban o nos miraban por ser occidentales. No están aún muy acostumbrados a la gente como nosotros (y la barba les llama bastante la atención) y a veces incluso te paran por la calle y te piden si puedes posar con ellos para una foto.
Tras esta odisea, llegamos a Beijing caída ya la noche y con Lonely Planet en mano, nos pusimos a buscar un hostal en el que dejar nuestros enseres. Cogimos un taxi y señalamos en un mapa a donde queríamos ir, pero el taxista no entendía nada (creo, después de repetir este proceso, que no entienden la interpretación de los mapas como nosotros) así que nos dejó en la calle al cabo de un par de minutos y tuvimos que coger otro que entendió a donde queríamos ir y nos llevo cerca de allí (digo cerca, porque no nos llevo a donde queríamos. Nos llevo a donde a él le venía bien y nos indico cómo seguir andando)
Tras preguntar en tres o cuatro hoteles, decidimos quedarnos en uno de mochileros bastante bien situado (a 5 minutos de la plaza de Tiananmen) aunque teníamos que compartir la habitación con dos personas más por que no quedaban habitaciones dobles libres.
Después de un paseo de noche por el centro y una cena un poco peculiar, con animales no aptos para el consumo humano en Europa, nos fuimos a tomar la última antes de acostarnos en el pub del hostal, cuyos cocktails valían un misero euro y medio.
Al día siguiente, nos dirigimos a la plaza de Tiananmen, después de comprar alguna cosilla por las calles y en el Día (si amigos, al lado de casa teníamos un supermercado día. Y no sólo era el nombre. Era un Día, tal cual. El logo, el aura de cutrismo, el color. Era un supermercado Día en China.) Que sepáis que la plaza es de bastante difícil acceso y que no es en absoluto la típica plaza en la que la gente, yendo de un lugar a otro, pasa por casualidad. Hay un control de metales para entrar (eso sí, de mentirijilla, de estos que te hacen dejar el bolso, pero si pasa y pita no te dicen nada)
Creo que en general, las expectativas de grandiosidad son tales por parte de cualquier occidental (se supone que es la plaza más grande del mundo) que estoy seguro de que lo primero que todos piensan es: “vaya, pues pensaba que era más grande” Es enorme, sí, pero concibo que algún día se haga una plaza más grande. Además tiene un edificio en el medio que corta el campo visual y hace que parezcan dos plazas de tamaño medio. Aún así, es grande, por supuesto. Ese mismo día comimos el famoso pato Pekín, que sabe a gloria y tarda una hora en hacerse y que tiene las calorías de una enana blanca: se compone de tres platos (o el pato entero y ya cada uno se apaña) divididos en la piel crujiente (Riquísimo. Gordísimo.) la pechuga y el lomo. Todo acompañado de varios guarniciones y parafernalias con las que degustarlo. También nos metimos entre pecho y espalda un plato de medusa, para ver qué tal. Fatal. Moco con soja.
Como nos sentíamos muy chinos y muy aventureros, decidimos alquilar una bicicleta con la que ir hasta donde nos llevasen las energías a pesar de la lluvia monzónica que estaba cayendo. Aparecimos en una zona de pubs (con puesto de churros españoles incluído) donde empezó a llover de tal manera que tuvimos que guarecernos en un bar con cantautor en directo que cantaba, entre otras, una canción que os prometemos decía “chocho sin ley” repetidas veces. Seguramente sería “Chow chow xin lei” o algo así, pero bueno, es mucho mejor pensar que decía lo primero. Más tarde volviendo a casa, varios individuos se nos acercaron con el reclamo de “¿massage?” a lo que, si uno no hacía caso, para llamar más la atención decían: “¿lady massage?”
Supongo que supondrían que aún no estaba bastante claro de qué iba el tema, porque si aún así no se hacía caso, ya susurraban “¿lady fuck?” Esto nos paso casi todas las noches. Muy ladies serían…
He de recordar que a lo mejor veíamos a un no-chino dos o tres veces al día y que en todo momento, todo intento de comunicación con el exterior (siendo el interior nuestro grupo de dos personas) era inútil. Incluso para preguntar precios, no normal es que la persona preguntada cogiese su móvil y marcase el precio con los números de su teléfono.
Ante semejante estampa y ya exhaustos por tanta bicicleta, volvimos a casa a dormir lo suficiente para la que nos esperaba al día siguiente: 4 horas caminando arriba y abajo (bastante más arriba que abajo) por la Gran Muralla China.
Esto ya será para la próxima. En la vida real, Dani ya se ha vuelto a España y ahora sigo mi viaje en soledad.
Escriban argo, por caridá.

Naaaaaa, aquí no comenta ni el tato. Una entrada como es debido, sí señor. Tengo la sensación de haberos acompañado y todo (bueno, no). Pronto llegarás a Japolandia, así que porfa dale caña a la tecla, que así de paso no se te olvidan los detalles. :D Me va a encantar.
ResponderEliminarPablo muy buenas las historietas, la verdad que da una envidia tremenda esa sensación viajera que corre por tus venas.
ResponderEliminarSabes que hace algo más de un año estuve preparando un proyecto para mi compañía en España para Guangzhou? Quién sabe, si todavía viviésemos en España tal vez ese fuese mi próximo destino.
Cuidate viajero, te esperamos en el Far Far West!
Me Ida parrafada ahora que lo leo aqui! Curioso lo que me dices, Alex! Y moren, no dudes que antes del jueves me pongo al dia!
ResponderEliminarPor ciertp, personad las erratillas. Escribo desde un iPad.
ResponderEliminarMucho ánimo Pablo! La verdad que cada vez que leo una entrada nueva en el blog, me da la sensación de estar leyendo las postales del tío Mac, el explorador de los Fragel!
ResponderEliminarTu sarcarsmo y naturalidad, lo mejor de las historias!
El tener que esperar casi una semana entre post y post... Lo peor!
Jajajaaja
Queremos más, Pablo!
Arriba ese ego!!!! :-P
Cuídate mucho!
Le voy a pasar esto a una amiga que se va a China, para que lo vaya teniendo en cuenta. ¿Vas a la muralla tú solo? En parte, la experiencia puede ser más intensa. ¡Ya nos contarás!
ResponderEliminarAy Peibol!!! Como de bien me lo paso con tus relatos chinescos! aunque eso si, a pesar de tu maravillosa lírica, solo se ha grabado mi mente "chocho sin ley" a lo que he dado un estilo western , con una vagina con pistoleras y sombrero de cowboy, y el día chino, en serio, que es eso? es real? Te sigo en la sombra, como esos 200 lectores que te leen y no te escriben, a partir de ahora intentare imprimir mis pensamientos en forma de comentario.. joder, chocho sin ley. Brutal.
ResponderEliminarAhiii Pablooo, y para cuando cobra protagonismo la oveja hinchable?, como se llama? claro que te seguimos, asique no desfallezcas y adelante con la muralla que seguro que es como la de Lugo pero un poco mas....china. Mil beijines!
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